miércoles, 26 de marzo de 2014

Kiko, Cedrún, Cádiz.

9 de Junio de 1991. “¿Qué, cuantas te cayeron?”. La pregunta retumbaba en mis oídos de forma periódica cada vez que nos entregaban las notas de EGB, provocando un estado de ansiedad difícil de conllevar. Desde que tengo uso de razón adapté el vivir en el alfiler como una forma de vida. Nunca entendí a ese que compañero que tuvimos. Si, ese. El que se sentaba dos mesas más allá y recibía las notas como un mecánico soviético recibiendo su jornal. Un 8, o un 9, daba igual. Tu y yo éramos diferentes. Nos gustaba jugarnos las victorias y las derrotas en el último minuto. Un 5,25 en Lengua. Un 4,75 en Matemáticas. Vivir en el alambre, al borde del precipicio. Unos nos decían que no se nos daba bien estudiar. Otros que quizá estudiar no era lo nuestro. Pero ambos sabíamos que la adrenalina del 5 raspado era mejor que cualquier 10.

La vida es un juego a esas edades. Nuestra conducta y comportamiento se rige por las bases del perro de Pávlov. El pobre perro no habría recibido ni un sólo estímulo positivo de haber sido un perro listo y educado desde el principio de sus días. Sin embargo, al tener que corregir su comportamiento, se atiborró a premios caninos. Así que ese era nuestro objetivo. El aprobado por los pelos tenía un sabor especial.

No supe de ti hasta que finalmente tropezaste y caíste. Aquello fue en el verano de 1993. La caída fue brutal. De Primera a 2ªB en dos años. Pero que más daba, la leyenda ya estaba escrita. Años de suspensos, y años de aprobados sobre la hora. Demasiado divertido como para escaparte de la zona baja de la tabla. Era el Cádiz CF, el equipo amarillo de la Tacita de Plata. Los vientos costeros habían traído desde El Salvador años atrás la despampanante clase de Mágico González, uno de los mejores extranjeros de la historia de nuestro fútbol. Y esos mismos vientos costeros le hicieron volar de vuelta a El Salvador la temporada 90-91. A trancas y barrancas el equipo deambulaba entre la zona de descenso y la de promoción gracias a jugadores de pundonor como Dertycia o Juan José “Sandokan”. Pero faltaba el arte de Mágico, su chispa atemporal.



El 9 de Junio llegaba el examen final de curso. Castellón y Cádiz se jugaban eludir el descenso. Los castellonenses viajaban a Oviedo para enfrentarse a un Real Oviedo que se jugaba su primera clasificación para Copa de la UEFA. Los gaditanos, por su parte, se enfrentaban al Zaragoza, que buscaba el empate para no caer en la temible promoción de descenso. El Carranza estaba a rebosar. La sirena del océano, como dijo Lord Byron, aguardaba el desenlace final.

El partido estaba 0-0. Bronco, trabado y falto de creatividad. Los nervios invadían el Fondo Norte del Carranza y el reloj continuaba marcando impertérrito su hora. Ramón Blanco sacaba al terreno de juego a Husillos. Indudablemente iban a por el partido. A los pocos minutos miró de nuevo hacia el banquillo y sólo vio a un chico del filial. Delantero centro, y de buena planta, aunque muy hábil con el balón en los pies. Era añadir más pólvora al ataque cadista, así que finalmente le dio entrada en el terreno de juego para asistir de primera mano al 0-1, obra de “Paquete” Higuera. Ramón Blanco se desgañitaba. Manuel Irigoyen no se lo podía creer.

Aquel chico desgarbado apuntaba maneras, y en una jugada aislada era derribado dentro del área cuando ya encaraba a Cedrún. Penalty. El argentino Dertycia anotaba el gol del empate, con 9 minutos por delante para intentar conseguir el milagro. Desde Oviedo llegaban buenas noticias para el cuadro amarillo: El Castellón perdía 3-0. Había posibilidad de aprobar, ¿Por qué no?. La grada se vino arriba, y el equipo se contagió. Corría el minuto 85 cuando los gaditanos, espoleados por su afición llegaban hasta la frontal del área, donde Barla cedía un balón a Kiko, ese chico del Cádiz B de buena planta. Kiko controló, se metió en el área, y con un suave toque lanzaba un disparo pegado a la cepa del poste, lejos del alcance de Cedrún, que veía estupefacto como el balón se colaba en las mallas zaragocistas. Gol. Era el 2-1, y el Carranza se viene abajo. Manuel Irigoyen se salta cualquier tipo de protocolo en el palco y celebraba efusivamente el gol. Francisco Narváez “Kiko” marcaba así su primer gol en la División de Hnor a los 19 años. Por momentos el espíritu de Mágico González sobrevoló de nuevo el Carranza. El equipo lograba llegar vivo al examen de recuperación: La promoción de descenso.



En ella el equipo consiguió la salvación en una dramática tanda de penaltis frente al CD Málaga. Un año más la alegría invadía las calles gaditanas como si del viento costero se tratase. Por si fuera poco, un nuevo ídolo había llegado para quedarse. En sus botas atesoraba toda la clase de la escuela gaditana, aquella que lograba arrancar los “olé” de toda tribuna y preferencia. Aquella que transmitía el arte al fútbol. Aquella que saboreaba orgullosa cada temporada en Primera, y cada salvación en la ultima jornada. Porque viviendo en el alambre es donde encontramos las emociones fuertes, aquellas que te hacen saltar y gritar de alegría como si no hubiese mañana. Es así. Y por eso, tu y yo siempre fuimos diferentes.



miércoles, 19 de marzo de 2014

Coro, Alberto, Barcelona.

13 de Mayo de 2006. La puerta de acceso a la sala de espera del Hospital de Vall d’Hebron se abre súbitamente. Por ella accede Marcos, un joven barcelonés de 19 años, animoso, valiente y de una enorme vitalidad. Magullado y aún con un collarín en el cuello, busca a sus dos amigos del alma, Iván y Leo, con quienes comparte, además de la pasión por el Espanyol de Barcelona, la terrible experiencia que han vivido esa misma noche, cuando tras un Viernes de fiesta y copas en la vecina Castelldefels, sufren un accidente de coche. En una esquina de la sala, escondiendo sus heridas de miradas ajenas, se encuentra Iván. Juntos se funden en un abrazo e intentan averiguar donde se encuentra Leo, que al parecer ha corrido peor suerte. Sus heridas revisten mas gravedad, por lo que deberá ser intervenido de urgencia en las próximas horas.

Marcos mira su reloj. Las 18:00. Ya mas relajados, tras haber derramado las últimas lágrimas, deciden abstraerse de la situación en una cafetería cercana. Entre sollozos y recuerdos del accidente pasan los minutos. Son las 20:00, y el dueño de la cafetería enciende sus televisores para poner el partido del Espanyol. El Espanyol de Marcos, Iván y Leo, jóvenes socios desde que acudían acompañados de sus respectivos padres al añorado Sarriá. Era el año 1992, cuando el Espanyol cayó a Segunda División y la afluencia a Sarriá descendió ostensiblemente, dejando grada libre suficiente como para que tres niños jugasen juntos cada 15 días. Aquel Espanyol se encontraba en una situación crítica, aunque no tanto como la actual. Las deudas y el futurible estadio de Cornellá-El Prat ahogan a la entidad, y la Copa del Rey conquistada hace exactamente un mes no ha llenado las arcas pericas. La permanencia es algo indispensable para la supervivencia de la centenaria entidad barcelonesa. Y hoy, es el día en que Alavés y Espanyol se juegan el descenso a los infiernos, en dos partidos paralelos.

Poco a poco Marcos e Iván comienzan a girar su cabeza hacia la televisión. Sobre todo desde el momento en que De la Peña, jugador franquicia del equipo, sale retirado en camilla por lesión. El miedo y los nervios se palpan en el ambiente, tanto en Vitoria como en Barcelona. Ambos partidos llegan al descanso con un empate a cero que desciende a los vascos. “Hoy es día 13”, dice Iván con desconfianza. 

Pasan los minutos en Montjuïc y Mendizorroza. El Espanyol empuja con mas corazón que cabeza, y dispara hasta tres balones al palo. De pronto, un grito en el fondo de la cafetería centra la atención. “Gol del Alavés”. Bodipo marca en Vitoria y pone al Espanyol con pie y medio en Segunda División. Quedan 13 minutos. Precisamente 13. Iván se viene abajo y echa a llorar pensando en Leo. “Queda partido, ten confianza” le recrimina Marcos con una leve sonrisa. El sudor en la cara de algunos jugadores del Espanyol se fusiona con las lágrimas que brotan en sus rostros. Desesperados, empiezan a colgar balones a la olla para que Martín Posse, Tamudo, Luis García, Coro o Pandiani logren besar las mallas. Toda la carne el asador.



Se cumple el tiempo reglamentario, y Jarque, el malogrado capitán perico, golpea con fuerza un balón que sobrevuela Montjuïc ante la mirada de Barcelona y Vitoria. En la corona del área, Pandiani salta para peinar un balón al desmarque de Coro, un chaval de 23 años salido de la cantera, que controla con descaro y encara a Alberto. Montjuïc se levanta, como cuando Antonio Rebollo iluminó el cielo de Barcelona con aquella inolvidable flecha en la inauguración de los Juegos. Coro dispara y bate por bajo a Alberto. Gol. 1-0. Vitoria entera se lleva las manos a la cabeza. En ese momento Coro inicia una carrera hacia el fondo norte de Montjuïc al más puro estilo Fermín Cacho. Es la locura. Iván y Marcos olvidan el dolor de sus golpes para saltar de sus sillas y fundirse en un abrazo. “Te lo dije, quedaba partido, había que tener confianza”, dice Marcos con una enorme sonrisa. Coro salta a celebrar el gol con la grada, justo en la zona en donde se vislumbran tres asientos libres. Minutos después, el partido finaliza y toda la afición perica se funde en cánticos hacia su nuevo ídolo. El pequeño gran Corominas.




Las lágrimas en Vitoria les recuerdan su otra realidad. Ya de vuelta al Hospital, la vitalidad de Marcos contagia a Iván. “En Primera, y el próximo año a ganar la UEFA”. Pero en la sala de espera aún no tienen noticias de Leo. Para eliminar la ansiedad, se imaginan acudiendo juntos, los tres, a una final de Copa de la UEFA, como aquella que vieron sus padres frente al Leverkusen. Es medianoche cuando de pronto, las puertas de quirófano se abren y de allí sale una persona con guantes. Como Alberto. Los dos amigos corren a encararle. “Todo ha salido bien, Leo está a salvo, no os preocupéis ya”. Ambos saltan, se abrazan, y lloran de alegría. Es otro gol de Coro. Marcos mira fijamente a los ojos de Iván, y sin dejar de sonreír exclama “Te lo dije. Quedaba partido, tenias que tener confianza”.


viernes, 14 de marzo de 2014

Ramos, Trujillo, Cartagena.

30 de Junio de 1999: Quién lo iba a decir. Ni siquiera Carmen, con sus 85 años de edad y múltiples batallas vividas en el transcurso de su larga vida, es capaz de imaginárselo. ¿Semana santa en pleno verano cordobés?. Son las 22:30 de la noche y los gritos provenientes de la calle no dejan a Carmen conciliar el sueño. Son gritos desaforados, de felicidad, que resuenan como ecos lejanos en su humilde casa de la calle los Mesías. “Ramos!! Ramos!!!”, parecen decir. Carmen vuelve a la cama, maldiciendo la algarabía generada a la vez que achaca a su mala memoria olvidarse de una fecha marcada en el calendario de todo cordobés.

A 460 kilómetros, 25 personas saltan y gritan como si les fuese la vida en ello. Corren y corren buscando a un sevillano de 24 años, recién llegado al equipo meses atrás, que acaba de silenciar a las casi 17.000 personas que abarrotan Cartagonova. 



Rebobinemos. En 1999 aún se disputaba en formato liguilla las eliminatorias de ascenso a Segunda División. Dicha liguilla constaba de 6 partidos a disputar entre los 4 equipos que formaban el grupo, y se caracterizaba, sobre todo en aquellos años, por la cantidad ingente de maletines que viajaban por España con el fin de satisfacer las necesidades históricas de los contendientes. Ese año, uno de los grupos estaba formado por Racing de Ferrol, Córdoba, Cultural Leonesa y Cartagonova. Rivales de enjundia conformaban una liguilla que contaría con un gran dominador prácticamente desde el primer partido: El Cartagonova. El equipo entrenado por el malogrado Txutxi Aranguren llegaba a dos jornadas del final con 4 puntos de ventaja sobre su predecesor, el Córdoba, único equipo que podía robarle el ascenso. Precisamente restaban los dos partidos frente al equipo andaluz, y todo eran caras de alegría en Cartagena. No en vano, un sólo punto les otorgaba el ascenso. 

En la penúltima jornada, el Cartagonova visitaba El Arcángel, feudo cordobesista. Un sólo punto era necesario. Pero el Córdoba se impuso 2-0. Restaba un partido, una final. La cita, en Cartagena iba a ser seguida por miles de seguidores blanquiverdes a través de diferentes pantallas gigantes habilitadas en varios puntos de la ciudad del Califa, dado que el Cartagonova no facilitó ni una sola entrada a la afición verdiblanca. La confianza cartaginense era máxima, y más cuando Keko de penalti anotó el 1-0 para el Cartagonova. Se llega al descanso con dicho 1-0, y las espadas en todo lo alto. A los 4 minutos de reanudarse el encuentro, llega el jarro de agua fría. En un tiro de falta indirecto Óscar Ventaja rompe la red. Golazo. 1-1, y el miedo ha empezado a invadir Cartagonova. El boxeador ha golpeado a su adversario en el hígado, y este mentalmente evalúa los daños. Y sin tiempo para la reacción, le propina el derechazo definitivo para tumbarlo a la lona.

Juan Carlos Ramos parece tener envidia del golazo de su compañero. Coge con mimo la pelota, y la coloca con suavidad en la hierba. Toma aire cálido mediterráneo y se prepara para lanzar a puerta, pese a su lejanía. Nada mas salir de sus botas, toda Cartagena sabe que es gol. El estadio enmudece. Tan sólo la red parece interponerse entre Ramos y el infinito. Gol. Golazo. Cartagonova 1-2 Córdoba. 30 minutos restan para regresar a Segunda División 16 años después. Finalmente, tras un asedio local incesante, los blanquiverdes aguantan el acoso, y logran el ascenso, encumbrando a la categoría de héroe local a Ramos, el autor del derechazo imparable. Del pasaporte a Segunda. Aquel fue "El Cordobazo".




Un nuevo sobresalto vuelve a despertar a Carmen. Para una anciana de una edad tan avanzada, el sueño es un tesoro incalculable, y por ello le causa especial molestia que la despierten. Malhumorada, se levanta de la cama sigilosa pero firmemente. “¿Qué será esta vez? No dejan dormir a nadie en paz”, lamenta mientras abre la ventana para escuchar el griterío. Son las 23:00, y pronto se da cuenta que el griterío no proviene de su calle. Ni tan siquiera de su barrio. Un estruendo lejano resuena en toda Córdoba, y fuegos artificiales de color verde y blanco salen lanzados desde la zona de La Mezquita. La luminosidad verde de los fuegos ilumina la sonrisa de Carmen. Ahora lo entiende todo. “Como en el 81, claro”. 16 años desde que abandonas una categoría no se olvidan fácilmente.


lunes, 10 de marzo de 2014

Barbarín, Busquets, Barcelona.

14 de Febrero de 1996. El CD Numancia llega al Hotel Numancia, situado en la calle Numancia, escoltado por miles de seguidores del Numancia que han hecho de Barcelona su Soria particular. Al hotel se ha llegado tras atravesar los gélidos estadios del San Sebastián de los Reyes, Racing, Sporting y Real Sociedad. Aquel equipo había conseguido eliminar a tres primeras, y en una machada sin precedentes, empatar a 2 en Los Pajaritos frente al Barça de Cruyff. "Mis jugadores han hecho el ridículo", se oyó en la improvisada sala de prensa de Los Pajaritos. Para entender la dimensión nacional que alcanza esta eliminatoria basta recordar que el partido de ida de aquella eliminatoria contó con presencia real, los Duques de Lugo presentes en las cabinas de prensa de Los Pajaritos. Televisado a nivel nacional, el estupor general ante lo conseguido por aquel Numancia era unánime. El premio final era este partido de vuelta en el Camp Nou. 12.000 sorianos invadían Barcelona, y los jugadores graban con sus cámaras prestadas los históricos momentos.

Jorge Barbarin era un joven pamplonica que se divertía en la vecina Estella haciendo goles con el Izarra. Mekatondoa era su casa hasta que el Numancia, un equipo que caminaba temporada tras temporada por la zona noble del grupo II de 2ªB, llamó a sus puertas. La fría Soria le recibía con indiferencia. Los 900 fieles que acudían domingo tras domingo al pequeño estadio de Los Pajaritos agradecían su esfuerzo con aplausos silenciados por sus guantes de lana para resguardarse del gélido clima soriano. Soria es acogedora, natural, tranquila y solitaria. Quizá demasiado solitaria. Por ello, el grupo de amigos que forman el Numancia comenzaron a divertirse por los campos de España, sin importarles su dimensión. De esta forma cayeron consecutivamente el San Sebastián de los Reyes gracias al valor doble de los goles en campo contrario, la Real Sociedad en la ronda de penaltis, y el Racing con un histórico gol en El Sardinero del pichichi Barbarin. En Octavos de Final, cayó el Sporting de Gijón en las garras numantinas, y de esta forma se plantaron en Cuartos de Final. Barcelona era la siguiente parada.

Camino de sus habitaciones, Barbarin habla con el improvisado Jefe de Prensa, que ha abandonado de forma provisional su trabajo en el Diario de Soria para echar una mano al club de sus amores. Acaban de recibir una oferta de Tauritón, unas pastillas para potenciar el apetito sexual en los hombres. "Estás de coña, no estás hablando en serio" clamó Barbarin. No era una broma. Las negociaciones están avanzadas y el tiempo apremiaba. Raúl, lateral derecho, e improvisado cámara que graba la histórica experiencia soriana desde dentro, jura que iban a ser el hazmerreír del país. Para más inri, el partido había levantado tanta expectación que Antena 3 iba a televisarlo en directo para todo el país. En la retransmisión se ve al equipo soriano bastante nervioso y atenazado. Miguel Angel Lotina alecciona a sus hombres por última vez, y al cabo de unos segundos España puede ver como salta el equipo al césped del Camp Nou aún impresionados por la majestuosidad del escenario culé, y como es vitoreado cada vez que pasa del centro del campo.



De pronto sucede lo inesperado. Minuto 5. Un balón divido en el flanco derecho barcelonista acaba en los pies de Barbarin, delantero numantino, que coge a los centrales descolocados. Busquets sale de su portería con rapidez, lo que aprovecha Barbarin para regatearle, y ante la incredulidad general, marcar a puerta vacía. Gol. Barcelona 0-1 Numancia. En ese momento el CD Numancia de Soria estaba en semifinales. Las caras en la celebración eran un poema, una oda a la sorpresa. El silencio que inundó al Camp Nou aún se recuerda. Y 20 minutos fue lo que duró la alegría en Soria, hasta que 3 goles del Barça ponían cordura y lógica en el marcador. El sueño finalizaba. La leyenda acababa de nacer.

Marzo de 2014. Iñigo acaba de volver del Instituto y limpia sus botas para el entrenamiento de esta noche. La ardua tarea de quitar los kilos de barro que amontonan sus Munich no es impedimento para que sueñe con llegar a jugar en escenarios como el Camp Nou. Su amigo Txema le espera en la puerta para ir juntos hasta Antxekoa, término municipal en donde se encuentra el campo del Zirauki. Allí se ejercitan y se divierten cada domingo 11 amigos bajo las órdenes de un tal Jorge Barbarin, al que escuchan con suma atención sus charlas mientras piensan que la persona que tienen delante fue portada de todos los periódicos deportivos nacionales y logró silenciar un estadio de 115.000 espectadores.

A Jorge se le ve feliz. Sigue teniendo esa imagen bonachona y dicharachera. Recuerda con nostalgia sus tiempos de futbolista desde su Estella natal, rodeado de su mujer y su hijo de 5 años, para los que tiene la mejor de las sonrisas tras acabar su jornada laboral como transportista en MRW. A menudo recoge paquetes con dirección a la vecina Soria. Sonríe a sabiendas de que en dicha capital de provincia luce en cada esquina la imagen de un repartidor pamplonica haciendo historia. Es tan motivo de orgullo para todos como las ruinas de la vieja Numancia celtíbera. Orgullo del pueblo.


miércoles, 5 de marzo de 2014

Geli, Herrera, Dortmund.

16 de Mayo de 2001. Cumplíamos un mes. Exactamente un mes desde que nos conocimos en el soleado y caluroso mes de Agosto madrileño. Fue una fecha extraordinario, una exaltación del amor de los primeros días. Aquel que te hace vivir en una nube cada minuto y cada segundo de tu relación. Y fue hacia medianoche, mientras apuraba mis últimos minutos con ella arropándola en su cama cuando me dijo que había sido un día absolutamente maravilloso. “Si, para mí ha sido como aquel Alavés - Liverpool”, le dije. Nunca lo entendió.

Dortmund era el lugar elegido. El Westfalenstadion, con su maravillosa Südtribüne, como escenario de la obra maestra. La final de la Copa de la UEFA de 2001 como cartel, aún con esta competición en periodo de adaptación, dada su reciente unificación con la mítica Recopa de Europa. Tras las bambalinas, dos contendientes. Por un lado el glorioso Liverpool, el club inglés por excelencia. 4 Copas de Europa y 18 Ligas les contemplan. Heysel, Shankly, You’ll never walk alone, The Beatles y The Kop. Por el otro lado, El Glorioso. Sin más. El Deportivo Alavés, llegado directamente desde las catacumbas de 2ªB, dejando en la cuneta al Inter de Milán. El festival de Jazz, Quincoces, Rioja y Almudena Cid. Los reds contra el equipo que estrenaba camiseta aquel día (la cual estuvo a punto de no llegar a tiempo al estadio). 

Y a las 20:45 comenzó la mas bella de las batallas. Nunca lo consideré un David contra Goliat. Tampoco la enésima tragedia griega. Simplemente fue el Alavés - Liverpol. El partido de los partidos. Comenzó marcando Babbel nada mas empezar el partido. Amplió la cuenta un jovencísimo Gerrard en un contragolpe. Acortó distancias por vez primera el recién salido Iván Alonso. Amplió McAllister tras un error de Martín Herrera, y nos fuimos al descanso. 3-1. El partido estaba precioso. Era como esa noche de verano junto a tu novia viendo que el reloj avanza, pero no pasan los minutos. Y en un beso, Javi Moreno hacia dos goles para empatar el encuentro. 3-3. Robbie Fowler anotaba el 4-3 cuando toda España era albiazul. Y fue entonces, tras un escandaloso penalti no pitado, cuando la esperanza se dirigió hacia la cabeza de Jordi Cruyff, quien transformaba en milagro aquel balón. Ni siquiera Cruyff podía faltar aquella noche, reencarnado en su hijo. El Alavés era el Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas.

La euforia estaba desatada. Millones de manos a la cabeza en todo el mundo, incrédulas ante lo que estaban viendo. Estoy seguro que más de un seguidor red habría firmado perder aquel partido y aplaudir al Alavés. Era histórico. Y siguió siendo histórico incluso cuando el gran Antonio Karmona, ex-jugador de Eibar y Sestao, derribó a Smicer. El Alavés se quedaba con nueve artistas sobre el campo para defender la falta y llegar a la lotería de los penaltis. Estábamos a punto de presenciar el final de la mejor obra de Shakespeare no escrita por Shakespeare. Delfí Geli reencarnado en Hamlet cabeceaba en su propia portería y marcaba. 5-4, gol….de oro. El partido finalizaba de la forma mas cruel posible. Alegría desmedida por un lado. Tristeza desmedida por el otro. Antonio Karmona, 32 años, de Bermeo, llorando como un niño ante las cámaras de televisión. Todo el mundo era del Alavés. La modestia por bandera, la humildad y el sacrificio en su más puro estado. Era el epílogo más sorprendente para una obra épica. 116 minutos de melancolía, modestia, grandeza, valor, garra, fuerza o coraje. La obra perfecta.



Las lágrimas de Karmona no eran por perder la final. Karmona lloraba porque él, un trabajador del futbol, salido del barro, nunca iba a jugar otra final. El periodista que le estaba realizando una entrevista ni siquiera supo que decir tras oír las palabras de Karmona. Era imposible no soltar una lágrima al escuchar a aquel fornido defensa razonar de esta manera la forma de perder aquella final. Ni siquiera recuerdo a McAllister levantar aquella copa, tan solo las lágrimas de Karmona.

Al oír la frase antes mencionada, mi novia se giró repentinamente en su cama y tras hacer un chasquido de insatisfacción me dijo el clásico “Ya estás otra vez con el fútbol”, a modo de despedida. Cerré la puerta de forma suave y sonreí. Aquella frase había sido el gol de Geli. Un gran día.