miércoles, 26 de febrero de 2014

Dickov, Bartram, Londres.

30 de Mayo de 1999. Son las 10 de la mañana, y las vetustas campanas de la iglesia de Saint Philip's resuenan como un domingo cualquiera, invitando a los fieles a acudir de forma masiva a oír las oraciones del cura local. El barrio de Salford, en donde se encuentra St.Philip's, es una zona pagana, lejana de toda tradición creyente, como la mayor parte de la industrial Manchester de final de siglo. Los pajaritos, los gritos de los niños pegando patadas a un balón en la calle, y los rayos del sol entrando por la ventana proporcionan un aspecto primaveral a este último domingo de mes.

Paul cambia por primera vez en el día los pañales al pequeño Matthew. Lo hace nervioso, exaltado y algo intranquilo. Su esposa, Laurie, disfruta de un café en la ventana de su coqueta casa de Salford, mientras el sol impacta sobre su frente. Los diminutos rayos de sol la trasladan hacia Cala d'Or, su destino vacacional en un par de semanas. Para Paul, sin embargo, hoy es la fecha señalada. Ni el sol, ni siquiera sus cercanas vacaciones parecen importarle lo mas mínimo, no así los gritos de los niños jugando en la calle. Los oye y suspira profundamente intentando digerir el nerviosismo que le come por dentro. "80.000 niños...", piensa. El pequeño Matthew mira la escena desde su cuna con la calma e inocencia de un bebé.

Ruge Wembley. Paul ha tenido el tiempo suficiente como para coger un tren hacia la catedral mundial del fútbol. Allí resuenan las campanas de un Manchester City - Gillingham. Salford es una zona eminentemente futbolera, por lo que decenas de vecinos se han desplazado junto a Paul para seguir a su equipo. El City. Los Citizens. El equipo del pueblo. Ya no suenan los pájaros. Es la final del play-off de ascenso a First Division. Para el City, el descenso a Second Division fue algo catastrófico, pero no ascender podría suponer graves problemas para la entidad de Maine Road. La gente lo sabe. Paul lo sabe.

Corre el minuto 80, cuando Carl Asaba pone al Gillingham por delante. Nadie se lo puede creer. El modesto Gillingham golpeando a los históricos 'blues'. 77.000 personas son testigo del momento en que Robert Taylor anota el 2-0 para el Gillingham, suficiente para tener pie y medio ya en First Division. Son las 16:45 y todo parece ya acabado. Minuto 90. Kevin Horlock anota para el Manchester City el gol del honor, trayendo un rayo de esperanza a las viejas gradas de Wembley. Los nervios finales invocan balones a la olla. Puro "Kick and run" británico. Paul cierra los ojos, y un rayo de sol impacta sobre su frente. Respira hondo y piensa en Cala d'Or, su sol, sus niños gritando. Cuando abre los ojos, ve como Weaver patea el balón al área del Gillingham con 5 minutos por encima de los 90. El Gillingham pide la hora. Whittley baja el balón, que sale rebotado para Cooke, Goater, y finalmente llega a los pies de Dickov. Paul Dickov, su tocayo, lanza un derechazo desde la frontal con la máxima rapidez posible para que el árbitro no pite el final. El balón, se cuela por la escuadra de Bartram, el mejor hombre del partido hasta el momento. El City empata el partido y provoca la prórroga. Wembley se viene virtualmente abajo por la celebración Citizen.


Paul lo celebra, consciente de que aún resta un último gol para el ascenso. Pero ese gol nunca llega. El partido se va a los penaltys. En la tanda final, Dickov falla su lanzamiento, pero el City anota el resto, y asciende a First Division. Pudieron llegar a la orilla gracias al derechazo de Dickov, cuando se encontraban ya casi ahogados. Paul llama a Laurie, y esta le envía una foto de Matthew y ella celebrando la victoria con la camiseta 'blue' de papá.

Años después, Paul y Matthew se abrazan llorando tras anotar Agüero el gol que da el título de Premier League al City tras más de 40 años de espera. Para el pequeño Matthew, de 12 años, es solamente un triunfo más en un equipo hecho para ganar. Paul sonríe, y con su marchita elástica con el 9 de Paul Dickov a su espalda, promete a su hijo volver a Cala d'Or de vacaciones.


lunes, 24 de febrero de 2014

Iñigo, Rangel, Alcorcón.

21 de Junio de 2010. Crisis es el hijo de todos los españoles que nunca pudieron llegar a tener uno. Crisis es el lugar de vacaciones de cualquier hipotecado patrio que ha perdido todos sus ahorros. Crisis es la primera lágrima que se derrama por la mejilla al rescindir el contrato de tu primo, tu hermano, tu hijo o tu vecino. Crisis fue 2010. Y 2011. Y los posteriores. Pero, como se dice habitualmente, en España al menos tenemos sol. Y persianas, claro.

Y el sorteo de navidad también. Quizá el segundo sorteo mas esperado del año, después del de treintaidosavos de final de la Copa del Rey. Aquel año, una ciudad dormitorio del sur de Madrid resultó agraciada con el Gordo. Acostumbrada al ir y venir de trabajadores hacia Madrid, aquel frío Miércoles el equipo mas laureado de la capital rendía visita al modesto conjunto alfarero. Minutos después, las webs de los periódicos deportivos de media Europa reflejaban la hazaña conseguida. Pero enfrentarte al Real Madrid en Copa del Rey es también, sinónimo de ascenso a Segunda, tal y como ha pasado en los últimos años.

El Ontinyent, el rival del Alcorcón en la última eliminatoria por el ascenso aquella temporada, era muy consciente de ello. Un 1-1 en el Estadio de El Clariano ponía la eliminatoria cuesta arriba para el equipo valenciano, cuya modestia no había sido impedimento para realizar una campaña histórica. Santo Domingo dictaría sentencia en pleno solsticio de verano. Porque, como hemos recordado anteriormente, con tanta crisis al menos íbamos a tener sol.



Dicho solsticio de verano ocurre entre el 20 y el 22 de Junio en nuestro querido hemisferio norte. En 2010, exactamente ocurrió a las 20:45, cuando ambos equipos enfilaban el camino a vestuarios con un claro 0-2 a favor del equipo valenciano que silenciaba las pobladas gradas de Santo Domingo. La decepción local se traducía en reproches hacia sus jugadores, mientras Ontinyent tocaba con las yemas de las manos la anhelada Segunda División. El solsticio comenzó, y en apenas media hora el Alcorcón empataba el partido, que no la eliminatoria, puesto que el valor doble de los goles en campo contrario continuaba dando el ascenso al equipo levantino. Pocos minutos faltaban para el final cuando el árbitro señaló un dudoso penalti a favor del Alcorcón. Tensión. Nervios. A Sergio Mora se le pasó por la cabeza Djukic. También los 4 goles al Real Madrid meses antes. Y erró el lanzamiento. Ontinyent daba un paso más, y sólo restaban unos pocos minutos.

La tierra siguió girando, y finalmente el verano llegó colgado de la banda derecha, con todo el Ontiyent encerrado en su área y el árbitro mirando el minuto 94 de su reloj. Impulsado por la ilusión de miles de aficionados con el corazón en un puño, Iñigo López, el central amarillo, se elevó para cabecear a la red el último balón del partido, aquel que rara vez encuentra destinatario claro. Gol. Era el 3-2, y el verano ya había llegado. Como si de una noche de San Juan se tratase, miles de personas invadieron el campo para festejarlo. Camisetas amarillas corriendo por todo el campo, y camisetas blancas desconsoladas cayendo contra el césped. Todos los astros se habían alineado aquel 21 de Junio en Santo Domingo. Al menos teníamos sol.


martes, 18 de febrero de 2014

Tirado, Marcos, Albacete.

2 de Junio de 1996. Nos encontramos a escasos días del comienzo de la Eurocopa de Inglaterra. La Dinamarca de Laudrup, la Alemania de Klinsmann, o la Bulgaria de Stoichkov se dan cita en la cuna del fútbol. Una pléyade de estrellas buscaran el máximo trofeo europeo a ritmo de brit-pop (aunque tras una desgraciada elección, la canción de la Euro fuese de Simply Red). Inglaterra está de moda, de eso no cabe duda. Decenas de grupos independientes con reminiscencia sesentera inundan las radios mundiales, y España no es una excepción. Vivimos días en donde bandas como Los Fresones Rebeldes o Australian Blonde alcanzan el circuito mainstream. Es el triunfo "indie". Sin embargo, precisamente ese 2 de Junio comienza a sonar en las radios una pegadiza canción. Se trata de "Wannabe", de unas tal Spice Girls procedentes también de Inglaterra.

Un gallo resuena en la mañana. Estamos en Almendralejo. Provincia de Badajoz. Extremadura. Son las 7 de la mañana y cientos de personas se han despertado dispuestos a ganarse el jornal en la dura vida del vino y la aceituna. Hoy no es un día cualquiera en el tranquilo Almendralejo. Varios autobuses se preparan en la plaza del pueblo para viajar a Albacete. Su equipo, el equipo de todos, se concentra para jugar el partido más importante de su historia, la promoción de ascenso a Primera División. Un éxito sin precedentes para un equipo modesto, de los que considera milagrosa la permanencia en Segunda División. El fiel reflejo de los jornaleros, y trabajadores del campo extremeño son, precisamente, los 11 hombres que defienden el escudo del Extremadura por los campos de fútbol de España. Pedro José, Amador, Manuel, Padilla...Fútbol modesto. Fútbol clásico. Estadio de los de antes. Vieja megafonía, cables cruzados, y olor a puro. Del campo al campo. No huele a la nueva Ley Bosman. Huele a "indie".

En otro punto de España el sol se esconde definitivamente. El partido en Albacete está a punto de finalizar. El equipo local busca desesperado el gol con el que poder jugar la prórroga. Sin embargo, un halo de desconfianza inunda el Carlos Belmonte, por el recuerdo de la promoción frente al Salamanca años atrás. Ya en el descuento, el árbitro señala una falta en el centro del campo que provoca algarabía entre los aficionados extremeños situados en el fondo del Belmonte, por lo que significaba cada segundo perdido en ese balón parado. Tirado, el tirador (valga la redundancia) oficial del equipo se prepara para romperla. Todo el equipo desea que el balón coja una parábola imposible, y salga fuera del Estadio, con el fin de perder el mayor tiempo posible. Todos excepto Tirado. Posee confianza en sí mismo. El espíritu de Koeman se reencarna en el central extremeño, y tras una breve carrera, el balón sale con la fuerza y la dirección perfectas para colarse en la red de Marcos. Era gol. Golazo.



Todo el equipo corrió a celebrarlo con la afición presente en el Carlos Belmonte, mientras los locales arrojaban almohadillas al terreno de juego. Aún no eran conscientes del hito histórico que acababan de conseguir. Era el triunfo "indie". Del fútbol independiente. Del fútbol modesto. Minutos después, el árbitro señalaba el final del partido y miles de personas salían a las calles a celebrarlo con sus héroes. Acababan de conseguir una de las hazañas más increíbles de la historia del fútbol español. La fuente del pueblo desbordaba alegría y sudor. El recibimiento al pequeño autobús en donde llegaron los jugadores procedentes de Albacete fue apoteósico. Los jornaleros del fútbol habían alcanzado el "mainstream". Y fue precisamente en ese momento de la fiesta en donde comenzó a sonar "Wannabe". Eran momentos de júbilo y desenfreno. El fin de una época en la música y en el fútbol español comenzaba. Ni Paul Gascoigne pudo salvarlo.


sábado, 15 de febrero de 2014

Yo, ordenador, Madrid.

Ocurrió un lluvioso 5 de Septiembre de 1992. Con el dulce sabor que nos dejaron a todos los JJOO de Barcelona celebrados semanas antes, comenzaba una nueva temporada de Liga. Eran otros tiempos. La primera jornada se disputaba normalmente el primer fin de semana de Septiembre, y finalizaba en mitad del caluroso mes de Junio. Eran años de cambio para nuestro anticuado fútbol. Tras el fracaso que supuso no clasificarse para la Eurocopa a celebrar en Suecia ese mismo año, la selección triunfó en los JJOO con un equipo convenientemente formado para ganar medalla. Tras Vicente Miera, Javier Clemente comenzaba su turbulenta etapa como seleccionador. El sábado a las 21:45, fútbol por la tele. Y el domingo, a las 19:30, tocaba distinguir jugadores codificados en Canal +. Eso era todo. El resto del fútbol, lo componía el gran Jose Maria García y sus trifulcas nocturnas, el Marca, y la Don Balón.

Yo tenía 8 años, camino ya de los 9. Mi relación con el fútbol se basaba puramente en los partidos con mis amigos en verano, y los cromos que intercambiaba camino al colegio, como quien colecciona minerales con el Mineranova. El mundo era juego, diversión, tranquilidad y felicidad en el Avilés de la primera reconversión industrial de finales de los 80. Ni siquiera parecía importante en mi pequeño mundo el hecho de que, uno de esos cromos que coleccionaba, se trataba del cromo del equipo de mi ciudad, por entonces en Segunda División.

Ese 5 de Septiembre estaba cenando. Era domingo y apuraba mis últimas días de vacaciones. El ritmo pausado con el que daba buena cuenta de la sopa hacía que hasta una mosca me entretuviese. Mi familia estaba ya con los yogures y natillas, mientras veían la televisión que comandaba el salón, en donde emitían el telediario de TVE. El presentador pasó a repasar la quiniela de la jornada. Aquello no me importaba ni lo más mínimo. Sin embargo, todo cambió cuando escuché la frase final: "Y en el pleno al quince, eibar sestao equis". Eibar - Sestao, X. Eibarsestao. Recuerdo que pregunté a mi padre que significaba esa extraña X. Cuando me lo explicó, no pregunté en ningún momento que era aquello de Eibarsestao. Supuse que, con el paso de los años acabaría por enterarme. Esa noche los playmobil y los Gi-Joe pasaron a un riguroso segundo plano. Aquel eibarsestao pareció lo suficientemente seductor, a la par que misterioso, para un niño de 8 años.

Casi 22 años después, en este frío mes de Febrero de 2014, abro un blog para intentar explicar todo lo que descubrí tras aquel primer recuerdo futbolístico. Aquello fue el punto de inflexión de muchos años en los que mi sapiencia futbolística era objeto de admiración para todo ser adulto ("Se sabe el estadio del Lemona!"). Así que, antes de que Carlitos en Cuéntame acabe pisándome la historia, voy a tratar de relatar esos puntos de inflexión que mas me han marcado a los largo de estos años. Los goles. Desde Nayim hasta Lobera, pasando por Iniesta y Ramos (Lorca). Esos momentos épicos de locura transitoria. Todo lo que descubrí tras aquel partido norteño de Ipurúa entre el anárquico Eibar de la época y aquel Sestao industrializado.



P.D: Sorprendentemente, hace unos minutos, revisando la fecha del partido, descubrí que el 0-0 solo existió en mi memoria. Realmente fue un 0-1 victorioso del Sestao en el minuto 87. Un gol épico en los minutos finales. Precisamente.