viernes, 14 de noviembre de 2014

Bergkamp, Roa, Marsella.

"Dos miradas que se cruzan en silencio son el beso de dos almas que se aman" (Anónimo).


4 de Julio de 1998. Apenas habían pasado unos días desde que comenzase para mi aquel verano infinito. Tiempo de esparcimiento y aventura. Tiempo de vida y diversión. Como cada mañana, el sonido del despertador retumbaba en mis oídos rescatándome del sueño eterno. Un día menos para mí. Un día mas sin ti. Durante aquellas noches no quería dormir, porque mi vida real superaba con creces los sueños. Cabizbajo, solo pensaba en la oportunidad perdida días atrás en aquel viaje de fin de curso al que acudí con una maleta cargada de ilusión. Tenía 14 años y toda una vida por descubrir, pero lo único que pasaba por mi cabeza en aquel momento era encontrar las llaves de tus labios. Un año entero ansiando encontrarlas.

Cada Lunes era especial por volver a verla, y cada Viernes era feliz por pensar en verla de nuevo el Lunes. Desde el momento en el que mi madre entraba en la habitación para despertarme, su imagen pura y virginal inundaba mis recuerdos. Impacientemente me vestía para ir a colegio y verla una vez más. Cuando llegaba, mis pasos se aletargaban, y mi corazón palpitaba como si fuese a salir fuera de la órbita terrestre. El tiempo parecía detenerse cuando nuestras miradas se cruzaban. Apenas se cruzaban las palabras. Durante varios meses ella fue mi excusa perfecta para sonreír, y el único motivo de que cada día de forma ininterrumpida fuese a clase deseando que se le cayese el boli y poder recogerlo. Anhelaba poder tener un rato a solas, y compartir con ella mi primer beso. Y para ello, el mes de Junio me dio una oportunidad sin parangón: Un viaje de estudios.



Sin lugar a dudas debía ser el momento idóneo. Solo debía encontrar el momento y el lugar. Algo tan simple para un adulto y tan complejo para un chaval de 14 años. Durante una larga semana en la romántica París no reparé ni un solo segundo en las calles decoradas para la cita mundialista de Francia 98 que daba comienzo semanas después. Nada me importaba. Solo su mirada. En lo alto de la Torre Eiffel la miraba fijamente y envidiaba aquellas ráfagas de viento por poder rozar una y otra vez sus labios. Desde arriba sentía vértigo por el momento, y no por la altura. Pero los días pasaban, y tiempo y espacio nunca se llegaron a encontrar. Cada noche me veía encerrado en la distancia de las habitaciones, lleno de suspiros y desasosiego, con la mirada perdida en una esquina, y con un beso que deseaba saltarse la regla de no salir de la habitación impuesta por los tutores, para poder llegar a su boca. Tan solo pedía que el destino me concediese ese capricho de besarla, de sentirme como nunca antes me había sentido. Pero no pasó. Perdí la gran oportunidad. Y abrazando mis piernas en el autobús inicie el largo camino a casa. Eran unas pocas horas de trayecto, aunque también eran varios meses estivales sin volver a verla. Mi primer beso, aquella sensación inimaginable debía esperar.

Todo el verano la vigilé desde mis sueños. Nunca se desvaneció de mi mente, porque durante todo el verano la imagen del gallo Footix, mascota oficial del Mundial de Francia 98, evocaba mis recuerdos hacía aquel maldito viaje de estudios sin final feliz. Con 14 años la vida pasaba tan rápido que la ilusión por ver a tus ídolos en el Mundial nublaba toda tristeza. Y es que Francia, precisamente Francia, era el lugar escogido para celebrar el último Mundial del siglo XX. Y como en cada Mundial, España acudía con la vitola de favorito al contar con una extraordinaria generación de futbolistas, comandada por Hierro, Raúl o Kiko. Aquel favoritismo duró lo que duraban aquellas cintas TDK: 74 minutos. Hasta que Zubizarreta tropezó con el balón introduciéndoselo en su propia portería. Poco después, Oliseh nos daba la puntilla y ponía la clasificación muy cuesta arriba. Tras un decepcionante partido frente a Paraguay, llegó la estéril victoria ante Bulgaria. Estábamos fuera. Y era 24 de Junio. ¿Que iba a hacer el resto del verano?. Eliminado y sin beso no había consuelo posible.



Pasaron mis ilusiones y pasaron las eliminatorias una tras otra. Mis sentimientos melancólicos hicieron que con cierta pena fuese despidiendo selecciones. La última Yugoslavia. La Paraguay de Chilavert. La Chile de Marcelo Salas e Iván Zamorano. O la Rumanía que nos había enamorado 4 años atrás. Todas cayeron. Por caer, cayó hasta mi incipiente mostacho. Y llegó Julio. Afortunadamente, un mes menos para verla de nuevo.

Las eliminatorias deparaban dos duelos clásicos de las fases finales, como era el Italia - Francia y el Holanda - Argentina, junto a otros dos partidos donde tenían cabida las sorpresas del torneo, Brasil - Dinamarca y Alemania - Croacia. Era 4 de Julio, y mientras los norteamericanos alzaban orgullosos sus banderas al viento, dos países de gran arraigo futbolístico como Holanda y Argentina dilucidaban sus opciones de clasificarse  para semifinales en un duelo fratricida bajo el sol abrasador de Marsella. Allí en el Stade Velodrome se citaban dos escuelas antagónicas. La Holanda de Hiddink, con Van der Sar, De Boer, Davids, Bergkamp o Kluivert en sus filas, contra la Argentina del discutido Passarella, que contaba entre sus filas con Ayala, Almeyda, Simeone, Batistuta o Verón. Ambos equipos llegaron a Francia en Junio con un objetivo común al mío: París. La diferencia es que mi premio era mucho mas bello que una Copa del Mundo.



El partido prometía intensidad desde el minuto 1. Y así fue, cuando un extraordinario pase de cabeza de Dennis Bergkamp fue rematado a la red por Patrick Kluivert a los 11 minutos de juego. La afición Oranje estalló de alegría hasta que escasos minutos después Claudio “El Piojo” López puso de nuevo las tablas en lo alto del marcador del Velodrome. Con 1-1 las emociones no decrecieron en ningún momento. El extraordinario Roa, uno de los mejores porteros del mundo por entonces, salvaba el gol tras un disparo de Jonk para Holanda. La reacción de Argentina no tardaría en llegar de las manos de Simeone y Ariel Ortega. El partido estaba loco, y en la segunda parte Holanda llevó el mando del partido, aunque no las ocasiones. Los minutos pasaban, y las tarjetas rojas (una para cada equipo) también. Eran las 18:00 y la posibilidad de prórroga hacia desvanecer mi idea de bañarme en la playa. Los rayos del sol comenzaban a desaparecer también en Marsella. Allí la playa ni siquiera era una opción a contemplar.

Faltaba menos de un minuto para que se cumpliese el 90. Y entonces, surgió lo inesperado. Tiempo y espacio se encontraron. Frank de Boer envió un pelotazo a la desesperada, sin apenas esperanza de éxito. El cuero voló por el cielo de Marsella, arrastrado por la brisa marina, en busca de un Dennis Bergkamp en cuyas botas se encontraban las ultimas esperanzas holandesas. Cuando el balón bajó del cielo un ángel de nombre Dennis lo recibió con sutileza quirúrgica. El control había sido precioso. Mi mirada se clavó en la televisión como si la estuviese viendo a ella. De pronto vi como con suavidad y elegancia, Bergkamp acariciaba el balón lo justo como para dejar tumbado en una baldosa al mejor defensa del momento, Roberto Fabián Ayala. El recorte fue mágico. Millones de personas contuvieron la respiración esperando ver como aquel genio podía resolver su jugada maestra. Un tercer toque con el exterior de su bota llevó el balón al fondo de las mallas ante la atónita mirada de Roa. Gol. El esférico besaba la red.



La jugada de Bergkamp duró 3 segundos. 3 escasos segundos desde que vio descender del cielo aquel balón imposible. Como aquel primer beso que tanto anhelaba. De pronto sentí una sensación indescriptible. En ese preciso instante sentí una emoción similar a la del primer beso. Un 4 de Julio de 1998, en Marsella, Dennis Bergkamp lograba transmitir en 3 segundos la belleza mas pura que jamás vieron mis ojos. 3 toques. 3 caricias. 3 segundos. 3 momentos. Un solo Dennis Bergkamp.

El partido acabó con 2-1 en el marcador. La jugada dio la vuelta al mundo, y con ella los gritos desatados del comentarista de la televisión holandesa, Jack Van Gelder, quien rompió a llorar preso del cariz histórico del momento. Holanda fue eliminada posteriormente por Brasil, y el resto es historia. En un abrir y cerrar de ojos llegó Septiembre. Vuelta a las chaquetas. Naturales, Sociales y Educación Física. Vuelta a los madrugones. Y vuelta a verla a ella. Sin embargo, nada fue igual. Los Lunes volvieron a ser Lunes y los Viernes volvieron a ser Viernes, ya que cada Sábado descubría nuevas emociones viendo a un holandés con cara de ángel bailar con elegancia sobre la hierba de Highbury. Ella acabó diluyéndose en el olvido. Dennis sin embargo, continuó conquistando nuestros corazones. Un solo Dennis Bergkamp.


viernes, 8 de agosto de 2014

Tardelli, Schumacher, Madrid.

“La locura es el estado en que la felicidad deja de ser inalcanzable” (Alicia en el país de las maravillas).

11 de Julio de 1982:  El sol se dibuja sobre el horizonte de Madrid para disfrute de los nuevos bohemios que descienden hacia la gran ciudad desde la carretera de La Coruña después de haber disfrutado de una nueva noche de desenfreno tras el concierto de ayer. Otros muchos jóvenes al mismo tiempo cierran sus persianas repentinamente con el objetivo de que los rayos del sol no acrecienten su resaca. Son años de Rockola, noches en vela en el Penta, carreras por Moncloa en motocicleta y leche de pantera. El “No future” de los Sex Pistols se llevó hasta las últimas consecuencias y las ganas de vivir al límite hicieron de Madrid la cuna estatal del descontrol y la autodestrucción. Madrid me mata, se decía. Aunque en realidad fue el alcohol, las pastillas y el caballo los que elevaron a mártires de la movida a miles de madrileños. Luces y sombras. Los afectados por las drogas quedaron enterrados entre cuadros, películas y canciones que perdurarían eternamente como representantes de la llamada movida madrileña.



La ola de modernidad se había extendido a todos los puntos de España. El Mundial de 1982 había ayudado a proyectar hacia el exterior una imagen moderna del país una vez dejado atrás el periodo de dictadura, pero lo cierto es que la democracia en estos años era demasiado frágil y se encontraba en paños menores por las violentas protestas que copaban los diarios cada día. Eran los conocidos como “años de plomo”. Adolfo Suárez fue relevado en la Presidencia del Estado por Calvo Sotelo y poco a poco comenzaba a llegar el mítico “café para todos” autonómico. En medio del batiburrillo se encontraba un Mundial para el que los hogares de los españoles se prepararon tanto o más que los estadios. Las míticas Telefunken alcanzaron récord de ventas y la felicidad embargó de emoción a los millones de españoles que pudieron contemplar al nuevo emblema nacional Naranjito a pleno color. Las calles se llenaban de colores y el turismo copaba las costas nacionales. El país era una fiesta.

Desde Vigo a Elche cientos de miles de personas disfrutaron las semanas de pasión futbolística que les regalaron los Giresse, Sócrates o Lineker de turno. Los alaridos enfervorizados de sus goles solo fueron silenciados por 100.000 gargantas ávidas de rock ’n’ roll en la histórica cita de los Rolling Stones el 7 de Julio en el Vicente Calderón madrileño. El olor a marihuana en un paseo de los Melancólicos lleno de moscas gracias al bochorno dio paso minutos después a una humedad eléctrica que hizo al cielo abrirse al mismo tiempo que Mick Jagger hacía acto de presencia. Un impresionante aguacero cayó sobre la plantación de brazos y la olla a presión que era en ese momento el Vicente Calderón comenzó a hervir. Los gatos madrileños eran ya gatos rabiosos. Centenares de truenos en el cielo resultaron inapreciables para el oído de la muchedumbre, cuya felicidad por la orgía de decibelios al ritmo de Brown Sugar o Jumpin’ Jack Flash contagió a Jagger y los suyos. Globos, fuegos artificiales, drogas, “Mick Jagger for president”…..y todo ello con Their Satanic Majesties como maestros de ceremonias. Al final de las últimas notas de Satisfaction toda la juventud de Madrid era feliz, inmensamente feliz. Y así fueron todas las noches, hasta que un rayo de sol entrase por la persiana.



Durante semanas hasta que las caras de Manuel Fraga, Adolfo Suárez o Felipe González empapelaron Madrid, continuaron los pósters de la gira Tattoo You de The Rolling Stones inundando cada pared de la capital, incluido el propio estadio Santiago Bernabéu. Allí, dos noches y mucha leche de pantera después, iba a celebrarse la gran final del Mundial. La Italia de un resurgido Paolo Rossi se iba a enfrentar a la Alemania Federal del enemigo público número 1: Harald Schumacher, tristemente recordado por la patada voladora a Battiston en el Francia - Alemania Federal, y por los cubos de agua lanzados desde la ventana de su habitación a los estafados espectadores gijoneses del Alemania Federal - Austria de la fase de grupos. La fiesta llegaba a su fin. La Telefunken funcionó aquella noche a pleno rendimiento en cada hogar español.

A nivel de juego, otras selecciones habían sido superiores durante el Mundial, pero competitivamente tanto Alemania como Italia fueron las mejores. 90.089 espectadores llenaron aquel día el Bernabéu en un ambiente excepcional, digno de un Mundial donde la afición respondió en todos y cada uno de los encuentros disputados. Hacía calor, mucho calor. Y había nervios, muchos nervios. Esto se tradujo en un primer tiempo flojo, como esos combates de boxeo donde los boxeadores se tantean de forma precavida antes de lanzarse a la batalla. Un penalti errado por Cabrini es lo único reseñable del primer periodo. Anuncios en la tele. Cola-Cao, Seat y Pikolín. Breve paso por la nevera para refrescarte con una Mirinda y vuelta al sofá. 

A los pocos minutos de reanudarse el partido, Paolo Rossi refrendaba su gran mundial anotando el 1-0 para Italia remachando a gol un gran centro de Gentile tras un contraataque italiano. El entonces presidente italiano Sandro Pertini saltó de su butaca en el palco de honor para gritar y aplaudir junto al rey Juan Carlos I. Era la muestra de la felicidad de un país entero. Los alemanes mientras, protestaban un posible fuera de juego inexistente. No había vuelta atrás. El gol subía al marcador y espoleaba los ánimos alemanes en busca del gol. El partido se aceleró y la Azzurra empezó a sentirse como pez en el agua encontrando espacios a la espalda de la lenta defensa alemana.

No pasaron más de 13 minutos cuando entre Conti, Rossi, Scirea y Bergomi se plantaron en el área alemana. Uno, dos, tres toques….hasta que finalmente Scirea retrasa el balón para la llegada de Marco Tardelli, sobrio centrocampista de la Juventus que llegando desde atrás, controla el balón, y dispara resbalándose en el suelo. Todos vimos aquel balón dirigiéndose irremediablemente hacia las redes ante un estático Schumacher que solo pudo seguir el esférico con la mirada. Todos lo vimos, pero solo Tardelli lo sintió. Gol. Los segundos posteriores quedarían grabados de forma atemporal para la eternidad en la memoria de todos los aficionados al fútbol. Marco se puso de pie, y con un gesto de éxtasis absoluto inició una carrera frenética y apasionada hacia el infinito del banquillo italiano. Un volcán acababa de explotar. Durante esos segundos interminables, Tardelli volvió a sentirse el niño que jugaba en su Lucca natal, aquel que un lejano día de 1972 cumplió el sueño de jugar en el Calcio. Sintió una felicidad tan incontrolable que nadie le pudo parar. Busco alguna puerta abierta en el Santiago Bernabéu para continuar corriendo hasta el infinito. Todos deseamos frente al Telefunken que aquellos segundos fuesen eternos. Nadie jamás alcanzó ese grado de felicidad. Nadie.




La final estaba ya decantada del lado italiano. En un nuevo contragolpe, Alessandro Altobelli anotó el 3-0 para una Italia desatada. El partido estaba más que sentenciado, y el gol de consolación teutón llegaría demasiado tarde por obra de Paul Breitner. No hubo más. En un abrir y cerrar de ojos todo había acabado, y Dino Zoff alzó al cielo de Madrid la copa de campeón del mundo. Zoff se convertía en protagonista al levantar el trofeo a sus 40 años. Paolo Rossi a su vez, se alzaba con el trofeo de máximo goleador merced a sus 6 goles durante el torneo. Italia era campeona. Pero hoy por hoy nada recordamos mejor que aquella celebración de Tardelli que traspasó todas las fronteras. Tal vez porque no fue la celebración de un jugador, sino la de un hincha apasionado ante la victoria. O la del niño feliz que todos hemos sido.


lunes, 30 de junio de 2014

Kempes, Jongbloed, Buenos Aires.

25 de Junio de 1978. Uno no recuerda con exactitud la cantidad de noches angustiosas paralizado por el miedo que pasabas siendo niño cada noche escondido bajo aquellas suaves sábanas de franela. Era tu refugio, la protección ante una sensación de pavor a lo que se ocultaba tras la oscuridad de tu pequeña pero inmensa habitación. Cerrabas los ojos con fuerza para concentrarte en hacer desaparecer de tu mente aquella historia fúnebre que te habían contado esa misma tarde, o aquella escena lúgubre que habías podido ver horas antes en la caja de descubrimientos que era la televisión. Era imposible. Te encogías hasta hacerte minúsculo, imperceptible para el ojo humano, y esperabas que ese silencio acabase pronto. Los minutos pasaban hasta que la desesperación ante una noche en vela te hacía levantarte valientemente para enfrentarte cara a cara con tus miedos, y acudir al cálido cuarto de tus padres. Era el paso de las tinieblas a la luz. Abrazado por tu madre, cerrabas los ojos con la tranquilidad que otorga un cariño protector. El abrazo de una madre.

No siempre fue así. Una fría noche de Marzo, en un país lejano en kilómetros pero cercano en corazón, los padres abrían la puerta de la habitación de sus hijos para calmar su miedo abrazando a sus progenitores. El mundo al revés. Presos del pánico se escondían bajo las sábanas con la esperanza de protegerse contra los monstruos de uniforme que tomaron el parlamento argentino en aquel 1976. El golpe de Estado encabezado por el Teniente General Jorge Rafael Videla fue el pistoletazo de salida para una época macabra presidida por la vergüenza y el horror en la que el pueblo argentino vivió atemorizado ante la represión organizada por la junta militar. Centenares de jóvenes desaparecían cada noche. El miedo campaba a sus anchas por las calles de Buenos Aires y tenía como foco principal la sede de la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), convertida en el centro estratégico donde se llevaban a cabo detenciones, ejecuciones y torturas de todo tipo. Cada día las desapariciones eran más numerosas. Cada noche los abrazos de las madres argentinas eran mas intensos.



A menos de 1.000 metros de la ESMA se levantaba impertérrito el gigantesco Estadio Monumental de Nuñez, designado por el régimen como la imagen de Argentina al mundo, al celebrarse en 1978 el Mundial de fútbol. Para ello la junta militar había creado la EAM’78 (Ente Autárquico Mundial 78), una institución encargada de organizar el Mundial presidida por el almirante Carlos Lacoste, quien dispuso de todos los medios necesarios para llevar a cabo una campaña propagandística del Régimen utilizando el fútbol como una oportunidad de oro para dibujar otra Argentina ante el mundo. El fútbol era lo de menos. Lo esencial y obligatorio era la victoria final de la selección argentina y no se escatimaron medios de todo tipo para lograrlo. 

El pueblo argentino no reniega de su presente y vive con alegría, diría yo, con heroica alegría, la posibilidad de un futuro promisorio”. Aquellas palabras de Videla añadieron una presión extraordinaria al combinado dirigido por un César Luis Menotti cuyas convicciones socialistas le ocasionaron toda clase de problemas. Criticado en las altas esferas militares por considerarlo subversivo, su enaltecimiento del sentimiento futbolístico argentino y sus valores patrióticos calmaron las ideas represivas de los mandos del Ejército. Por otro lado su silencio en cuestiones políticas ante la prensa le hicieron ganarse la enemistad de sus compañeros socialistas, quienes le tachaban de tratar de enmascarar el horror haciendo política con su silencio y no querer denunciar las atrocidades acometidas por el Gobierno militar. Con calma y entereza Menotti supo sortear los nubarrones a la vez que intentaba abstraer a sus jugadores en la localidad bonaerense de Jose C. Paz de la presión asfixiante a la que estaban sometidos. En medio del pánico surgía una ilusión en el pueblo. El color de la esperanza era el albiceleste. Todos deseaban que los abrazos comenzasen a ser de alegría.

Argentina fue avanzando entre victoria y victoria. Hungría, Francia o Polonia caían ante los Passarella, Bertoni o Kempes entre otros. Tras un empate con Brasil se llegó al partido clave contra Perú, en el que la anfitriona necesitaba una victoria por más de 3 goles para clasificarse para la final. Todo el pueblo estaba pendiente del partido de Rosario. Videla accedió incluso al vestuario peruano para tratar de disuadirles. La victoria era una cuestión de Estado y las sospechas de todo el mundo ante el 6-0 final quedaron patentes cuando días después la junta militar ordenaba una donación de trigo a Perú. El fin justificaba los medios. Las imágenes del pueblo argentino echándose a las calles a celebrar la histórica clasificación dieron la vuelta al mundo. Y mientras se gritaban los goles se silenciaban las voces de los torturados.

Cuatro días después la capital bonaerense dormía con esperanza. En las calles no había mas ruido que el de los cánticos locales con sus manos al cielo como implorando una ayuda divina. Los asados para combatir el frío del invierno en las calles adyacentes al Monumental apaciguaban los nervios del pueblo. El vestuario del anfitrión era un hervidero de pasión. “Nosotros somos el pueblo, pertenecemos a las clases perjudicadas, nosotros somos las víctimas y nosotros representamos lo único legítimo en este país: el fútbol. Nosotros no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares sino que jugamos para la gente. Nosotros no defendemos la dictadura sino la Libertad” dijo Menotti a sus jugadores minutos antes. En la ESMA sin embargo, ni siquiera la ilusión de todo un país lograba alejar el miedo de los ojos de los desaparecidos. Desde sus infernales paredes se oyó el pitido inicial de un sueño que no era el suyo. Enfrente una Holanda mágica. La naranja mecánica. Pasaban 38 minutos de partido cuando más de 70.000 enfervorizadas almas rompieron sus gargantas celebrando el gol de Kempes, en el que el ‘Matador’ estiró su pie lo justo para superar la salida desesperada de Jongbloed. El partido estaba a punto de llegar a su fin cuando Holanda creo una combinación imposible, una jugada de tiralíneas que certificó Nanninga con un cabezazo inapelable a la red. Era el minuto 82 y nada pasaría hasta el final de los 90 reglamentarios. La prórroga estaba servida.



Los primeros 15 minutos se consumían hasta que volvió a aparecer Mario Kempes. Fue la jugada de su vida. El gol de un país. Lo logró en un césped inundado de papeles blancos que ayudaron a que el recuerdo del gol permaneciese imborrable en nuestra menoría futbolística. Como si de una prueba de esquí se tratase, ‘El matador’ realizó un eslalon imposible driblando a dos defensores holandeses para quedarse solo frente al portero. Su tiro mordido impactó ante Jongbloed y el balón quedó flotando en el aire esperando que alguien lo rematase. Nuevamente apareció la puntera de Kempes para empujar un esférico que entró llorando dentro de la meta holandesa, como recordando a la masa enfervorizada que a menos de 10 manzanas de allí las lágrimas de tristeza continuaban brotando. Gol. Argentina llegaba al descanso de la prórroga por delante 2-1. Justo cuando la muchedumbre comenzaba a abrazarse en señal de victoria, Bertolini aprovechó un contragolpe para poner el 3-1 definitivo en el marcador del Monumental, resultado con el que se llegaría al final del partido decretado por el árbitro Sergio Gonella.



En ese momento casi todo el país es un volcán en erupción. Los abrazos eran ya de felicidad, cuando la felicidad era algo difícil de encontrar en la dictadura militar que oprimía al país. Reinaba la confusión, y esto originó que en uno de los fondos del Monumental un hincha saltase al campo. Se llamaba Víctor Dell Aquila, tenía 22 años y un deseo incontenible de abrazar a su ídolo Tarantini. Nadie lo conoce aún, pero Víctor es Argentina. 10 años antes, cuando contaba con 12 años y su madre todavía calmaba sus miedos nocturnos, caía desde un poste eléctrico y aunque sobrevive a la electrocución, pierde los dos brazos en el accidente. Al despertar quiere morir. Su vida deja de tener sentido. Entre sollozos el médico le convence de seguir adelante como muestra de amor a su madre. La que siempre había estado ahí cuando él tenía miedo. La que creyó en él. 




Víctor corrió y corrió hasta que llegó a la zona en donde se encontraban Fillol y Tarantini tendidos sobre el césped abrazados. Al llegar a ellos frenó su carrera, y la inercia provocó que las mangas del jersey se fueran hacia adelante. Ricardo Osvaldo Alfieri pulsó con suavidad el botón de accionado de su vieja cámara Minolta, tal y como había hecho Kempes minutos antes con su puntera sobre aquel balón Adidas Tango. La instantánea pasó a los anales de la historia, por desgracia para Videla. Se llamó el abrazo del alma. La metáfora perfecta de un país mutilado por una cruenta dictadura militar que a pesar de todo había sido capaz de sobreponerse para salir campeón. Víctor nunca tuvo miedo. Con aquel abrazo imaginario calmó el pánico de una nación y la hizo dormir en la noche más larga bajo una sábana de felicidad infinita. Víctor es Argentina. Y Víctor es campeón.


martes, 17 de junio de 2014

Rahn, Grosics, Berna.

Rahn, Grosics, Berna.

4 de Julio de 1954. El día amanece gris y plomizo sobre la bella Berna de mitad de siglo. Rodeada de un manto de verdes praderas, su bucólica vida diaria contrasta con los años de sufrimiento y desgarro vividos en buena parte de Europa diez años atrás, durante la II Guerra Mundial, en los que afortunadamente el dolor pasó de largo por la mayor parte de la neutral Suiza. Hoy, Berna transmite a la perfección el dicho de que tras la tormenta siempre llega la calma.  Es domingo, día de mercado, y a la orilla del río Aare montan sus puestos vendedores de fruta, hortalizas o carne venidos desde distintas poblaciones limítrofes. En un clima de camaradería se ayudan mutuamente mientras discuten a voces la posibilidad de que llueva o no. De pronto, en medio de la conversación aparece una figura con semblante serio, aspecto desaliñado, y arrugas en su rostro que delatan su avanzada edad. Nadie repara en él, hasta que un estornudo corta en seco la socarrona conversación de los mercaderes, quienes con cierta precaución y educación informan al viandante que el mercado aún no está abierto. "No he venido a comprar nada", exclama de forma brusca. "Quería realizarles una pregunta. ¿Ustedes creen que va a llover?". Su gesto impávido delataba un interés cierto ante la pregunta. "Por cierto, no me he presentado. Me llamo Sepp, Sepp Herberger".



Decenas de camisetas alemanas pueblan cada esquina de Essen, una de las principales ciudades industriales de la Cuenca del Ruhr, ubicada estratégicamente en un área en la que se encuentran importantes clubes de la Bundesliga (Bochum, Duisburg, Schalke 04, Borussia Dortmund….). Al norte de la ciudad se sitúa el tranquilo barrio de Stoppenberg, poblado fundamentalmente por mineros jubilados que disfrutan en su retiro de los paseos por Helenenpark, actividades culturales en Barbarossaplatz, o el fútbol, deporte cuya relación con el tejido industrial de las ciudades ayudó a crear un sentido de orgullo y pertenencia muy arraigado en esta zona de Alemania. Nadie ni nada escapa a su influjo. Sobre todo, cuando es la Mannschaft la que juega. Por ello, a las 16:15 de ese sábado nadie en Stoppenberg luce otra cosa que no sea la camiseta de su selección. Los bares llenos congregan a miles de hinchas ávidos de ver a los Ballack, Kahn, Klose o Neuville que calman sus nervios con litros de cerveza. En uno de esos bares dos jóvenes reparan en la presencia de un hombre de tez blanca, cabello canoso y entrado en años. Sentado en la mesa del fondo, entre trago y trago habla con un grupo de tres hinchas ataviados con la camiseta de Alemania. A ninguno parece importarles el partido. El 0-0 que impera en el marcador entre su selección y Paraguay tiene absortos a todo el bar, excepto al grupo de la mesa del fondo, que interrumpe el silencio del bar con un cuchicheo constante. Cansado, uno de los jóvenes se gira violentamente y les manda callar. Las pintas de cerveza se posan en las mesas. Un caballero alto y rubio se levanta de una mesa cercana y dice al oído del joven: ¿”Sabes quien es?, ¿Lo sabes?. Es ‘Der Boss’”.

Alemania se clasifica para los cuartos de final del mundial de Corea y Japón gracias a un tanto de Olivier Neuville en las postrimerías del encuentro. El bar entero respira aliviado. Tras pagar su consumición, los jóvenes de la barra se levantan para disculparse ante el grupo de la mesa. Allí, bajo un mar de jarras de Paulaner se oculta Helmut Rahn, “Der Boss”. El hombre que cambió Alemania para siempre. El autor de uno de los goles mas importantes de la historia de los mundiales. La leyenda de Essen. El héroe de Berna. Los litros de cerveza no parecen ahogar la memoria de Rahn, quien a cambio de una pinta rememora la historia del partido de Berna con pelos y señales. Aquella final que enfrentaba a una de las mejores selecciones de todos los tiempos, Hungría, contra una Alemania Federal aún en estado de construcción tras ser arrasado el país durante la reciente II Guerra Mundial. El triunfo húngaro en la primera fase por 8-3 frente a los alemanes, unido a los impecables partidos realizados en el torneo, otorgaba a Hungría el cartel de claro favorito en la final. En el descanso del partido los pronósticos se cumplían, y Hungría ganaba 2-0. Sin embargo, las tornas cambiaron y el físico alemán logró igualar la contienda y poner el 2-2 en el marcador ante los magiares mágicos. 



Rahn toma aire de forma sosegada y bebe un último trago para contar lo que sucedió en el minuto 83, cuando aquella pelota cayó directamente en su bota derecha y dos húngaros se lanzaron hacia él con todas sus fuerzas para tapar el disparo. Al verles llegar Rahn se cambia la pelota de pie, y en un alarde de fuerza conecta un disparo seco y raso con su pierna zurda, que se cuela pegado al palo de la meta defendida por Grosics. Gol. Es el 3-2 y Alemania Federal se acaba de llevar el Mundial de 1954 contra todo pronóstico. El milagro de Berna. A Helmut Rahn, apodado “Der Boss” por su enorme capacidad de mando aún se le quiebra la voz al contarlo mientras de su impertérrito rostro brotan las primeras lágrimas. Su gol le convirtió en héroe eterno, de esos que perduran en las historias de los abuelos. Su gol hizo que toda una generación alemana soñase con hacer crecer un país devastado, gracias a las industrias del carbón y el acero situadas la cuenca del Ruhr. Su gol también provocó el nacimiento de un gigante textil de nuestros días.



“Tiene pinta de llover bien entrada la tarde”, exclamó uno de los viandantes. Sepp Herberger asintió, y continuó su camino de vuelta al hotel donde se alojaba junto al resto de integrantes de la selección de Alemania Federal. Antes de acceder al hotel, echó una última mirada al cielo, implorando una lluvia que no acababa de llegar. Cuando se dispone a abrir la puerta principal es interrumpido por un hombre sonriente, cargado de bolsas a su espalda. “¿Usted es Sepp, verdad?. Me llamo Adolf, Adolf Dassler, teníamos una cita pendiente”. Su mirada llena de energía y confianza dejó absorto a Sepp Herberger, quien alargó el apretón de manos más de lo debido hipnotizado por el entusiasmo de Dassler. Juntos accedieron al hotel, y juntos salieron horas después, rumbo al estadio Wankdorf de Berna, sede de la gran final de la Copa del Mundo de 1954.



El estadio lucía sus mejores galas. Sobre el césped, Adolf termino por convencer a Sepp de lo beneficioso que resultaría utilizar unas nuevas botas de piel fina y tacos largos atornillados diseñadas por su pequeña empresa. Sepp no fue muy receptivo en un primer momento, pero la insistencia y el carácter encomiable de Dassler terminó por persuadirle. Al cabo de 45 minutos de partido, con 2-0 en el marcador, el árbitro señalaba el camino a vestuarios en el preciso instante que comenzaba a llover. Cuando ambos contendientes volvieron al terreno de juego, el manto de agua ya caía de forma incesante sobre el maltrecho césped del Estadio Wankdorf. Herberger sonrió ilusionado. Instantes después el agua acumulada en el césped convirtió a los magiares mágicos húngaros en gigantes con pies de barro, haciendo inútiles sus esfuerzos por mantener la verticalidad al tener pesadas botas mojadas con tacos cortos. El resto, es historia. Las botas de los alemanes, mucho más ligeras y resistentes al barro ayudaron a elevar a la categoría de leyenda el encuentro. Al finalizar, mientras Rahn era aupado por sus compañeros bajo la lluvia de Berna, Herberger se dirigió a la grada donde se encontraba un exultante Adolf Dassler. “Gracias por las botas, son magníficas. ¿Por cierto, como se llamaba tu empresa?”. “Adidas, Sepp, nos llamamos Adidas”.


martes, 10 de junio de 2014

Juan Pablo, Maestro, Alcoy.

24 de Mayo de 2009. "A las cinco de la tarde. Eran las cinco en punto de la tarde. Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde". Como cada día Paco Jémez preparaba su mochila para acudir al gimnasio situado a escasos metros de su apartamento en el residencial barrio de Santa Ana, a las afueras de Cartagena. Una zona tranquila y agradable, en contraste con el intenso y estresante ritmo de vida del entrenador. Eran las cinco de la tarde, como sentenció Lorca en sus versos, cuando el móvil comenzó a sonar. Música flamenco de tono. Al otro lado del teléfono, un acento andaluz similar al suyo, fraguado en los tablaos flamencos sevillanos. Era Juan Pablo, delantero centro del Efesé, al que Paco entrena desde hace unos meses, y con el que ha entablado una amistad basada en la cercanía de sus lugares de origen. La conversación comienza de forma distendida aunque a medida que pasan los segundos el tono de Paco se vuelve más arisco y malhumorado. Pocos segundos después cuelga su teléfono móvil, coge su mochila, y sale de su casa de la calle Génova con un portazo. Faltaban 4 días para el partido más importante del año, y uno de sus jugadores le había pedido permiso para asistir a una corrida de toros a cientos de kilómetros de distancia. Algo inconcebible. Un pecado mortal para el meticuloso entrenador.

Juan Pablo era un delantero corpulento de mucha presencia física, aunque no exento de calidad. Nacido en La Puebla del Río, su origen humilde, y la entrega que demostraba en cada entrenamiento le habían hecho ganarse un hueco en los planes del nuevo míster. Su presencia en Alcoy en el crucial encuentro que el conjunto cartaginés tenía que disputar contra el Alcoyano era un hecho. Quizá no como titular, sino como revulsivo en caso de que el Alcoyano pusiese en entredicho el 2-1 que el Efesé había logrado días antes. Pero en la cabeza de Juan Pablo solo había sol, arena y sangre. Su afición por los toros, y más concretamente por su paisano Morante de la Puebla, le había llevado a entablar una amistad con Paco, un enamorado del viejo arte desde que su padre, el "cantaor" Lucas de Écija le acercase a la Maestranza sevillana. Por ello, había decidido pedir permiso a Paco para acudir el Jueves 21 a la corrida que Morante protagonizaba en Las Ventas. Era el regreso de Morante al coso madrileño tras una temporada alejada del mundo del toreo. Una cita importante que Juan Pablo no quería perderse aunque era consciente de que la cercanía de la feria madrileña con el partido del play-off hacía difícil su presencia. Finalmente, ya de "madrugá", el míster recapacitaba su decisión inicial y decidía conceder a Juan Pablo el permiso necesario para viajar tras el entrenamiento matinal. En la soledad de su casa, Juan Pablo lloró de alegría.

Eran las cinco en punto de la tarde, cuando Morante de la Puebla pisaba la arena de Las Ventas bajo la atenta mirada del delantero sevillano. Una tarde única e irrepetible, que tomó tintes históricos cuando ante un toro de Juan Pedro Domecq, Morante entra al capote con valentía para deleitar al respetable con unos minutos de toreo irrepetibles, llevándose la ovación al unísono de toda la plaza. Una faena memorable que pasó a las páginas de oro de la tauromaquia. Un día en el que los olés y ovaciones se escucharon desde Chamberí hasta Galapagar. Juan Pablo miró al albero, sonrió orgulloso y se emocionó ante su paisano momentos antes de abandonar la plaza y emprender viaje de vuelta hacia Cartagena con una sonrisa en la cara.

Eran las cinco de la tarde, las cinco en punto de la tarde, cuando el autobús del Efesé salió del hotel situado en las afueras de Alcoy camino del Estadio de El Collao, donde esperaban once jugadores y 5.000 gargantas preparadas para cantar un ascenso a Segunda División. La tarde invitaba a todo menos a sufrir. Las caras de los jugadores reflejaban los nervios ante una oportunidad única. Dos clubes históricos como Alcoyano y Cartagena debían dilucidar a partir de las 19:00 una de las plazas de ascenso a Segunda División. Y en la plaza 32 del autobús, escuchando flamenco para calmar la tensión, Juan Pablo sentía responsabilidad e ilusión a partes iguales. A lo lejos, veía los 800 fieles seguidores desplazados desde Cartagena. No les podía fallar. Valor, y al toro.



El pitido inicial revivió las antiguas batallas entre cartagineses y romanos. En el fragor del combate se sucedieron faltas, tarjetas amarillas, e interrupciones del juego por doquier hasta que en el minuto 28 Mena anotaba el 0-1 para el Efesé. Dos goles necesitaba el Alcoyano para empatar la eliminatoria. Al poco de iniciarse la segunda parte, en apenas 5 minutos, Viyuela era expulsado y Negredo marcaba para el equipo local. Tablas en el marcador. Las tornas cambiaban. El 1-1 ante 10 jugadores se tradujo en un dominio incesante del Alcoyano en busca del gol, que finalmente llegó en el minuto 82. Un balón sin dueño dentro del área fue rematado en un escorzo por Diego. El Collao reventaba. La moral del Alcoyano. Cartagena entera se echaba las manos a la cabeza recordando El Cordobazo.

El partido agonizaba. El reloj se desangraba sin que ninguno de los dos equipos fuesen capaces de impedir una prórroga cantada. Hasta el rabo todo es toro. De pronto, el tiempo se paró para Fernando Martín, defensa del Alcoyano. Era el minuto 91, justo el minuto 91. En su intento por sacar el balón jugado, tal y como les había indicado Bordalás minutos antes, es presionado por Carmona. Nadie confía en aquel intento desesperado. Nadie excepto Carmona y Juan Pablo, que inicia un desmarque justo cuando Carmona encima a Fernando como un Miura en San Fermín. Finalmente, este cede a la presión y pierde el balón ante el acoso rival. Fernando busca rehacerse, pero cae derribado falto de fuerzas. Desde la hierba, puede ver a lo lejos como Carmona encara a Maestro, y ante el silencio general cede ante un Juan Pablo que anota a puerta vacía, dando la estocada final al Alcoyano. Gol. Estalla la grada. El reloj sigue sin correr para Fernando Martín, pero los segundos en Cartagena son eternos. Los 800 espartanos cartagineses desplazados a Alcoy saltan al terreno de juego sin poder contener su emoción. Carmona se quita la camiseta como si fuese su propia piel. Y Juan Pablo llora de alegría. Era la única manera que tenía de agradecer a Paco su gesto días antes.



No hubo tiempo para más. Y el partido finalizó entre vítores y reverencias a Juan Pablo, héroe de aquella tarde histórica en la que el submarino de Isaac Peral en el Paseo de Alfonso XII fue anegado por una marea albinegra que celebraba el regreso de su Efesé a Segunda División. Tiempo de victorias, flores, y vítores para los héroes. Un tiempo efímero, que Juan Pablo disfrutó como el que más.



Años después, a las cinco de la tarde, justo a las cinco en punto de la tarde, Juan Pablo conduce al volante de un flamante Mercedes por su Puebla del Río natal. Sonríe feliz, porque lo que ocurrió en aquel recordado Mayo de 2009 marcó su vida para siempre. Al echar un vistazo al retrovisor puede ver a Morante de la Puebla en el asiento de atrás, escuchando flamenco mientras trata de disimular sus nervios ante la corrida de esa tarde. Juan Pablo acabó dejando el fútbol para centrarse en su verdadero pasión: El toreo. De Maestro a maestro. Morante sigue siendo su ídolo, pero ahora también es su jefe. Como chófer, Juan Pablo conduce tan ilusionado como aquel viaje de vuelta a Cartagena tras la legendaria faena de Morante en Las Ventas. 

- "Puedes dejarme aquí, Juanpa. Y muchas gracias.". 
- "Mucha suerte Maestro, y recuerde: Hasta el rabo todo es toro".


miércoles, 14 de mayo de 2014

Fran, Dida, A Coruña.

7 de Abril de 2004. "A una isla del Caribe he tenido que emigrar y trabajar de camarero lejos de mi hogar", rezaba la canción. Era el mejor homenaje posible a su tierra natal. "Miña terra galega" es la postal de Galicia que Julián Hernández, por entonces batería de Siniestro Total, escribió en 1984 como canto a la morriña. Una muiñeira fusionada con el rock sureño de Lynyrd Skynyrd. Rosalía de Castro haciendo la Ruta 66. Retazos de Finisterre y la torre de Hércules. El honor de Breogán, mítico rey Celta. Y del Celta, precisamente, se confesaron Julián y sus compañeros de banda en una noche de la Sala Rock-ola madrileña, allá por los años 80, cuando la reconversión industrial comenzaba a golpear insistentemente a cada familia desde Tuy hasta Foz. Eran años de plomo. Laureano Oubiña como capo de la droga campaba a sus anchas llenando las calles de marginación y BMW's. Nunca se supo si fue primero el huevo o la gallina. La droga o la reconversión. O si la proliferación de grupos como Liga Armada Galega provocó la vista gorda a la llegada de la droga a Galicia como forma de acallar a una juventud acribillada por los recortes. Padres y madres destrozados por ver a su hijo caer en el pozo, en cada pueblo, en cada barrio, en cada casa. Droga.

"Cuando suena la muiñeira el llanto empieza a brotar". Galicia siempre fue tierra de llantos y sollozos. Tierra de amargas despedidas del emigrante partiendo hacia América en busca de la prosperidad que su tierra le ha negado. La Galicia errante, que llenaba cada puerto de abrazos rendidos por la emoción de la despedida del hijo al que sus padres nunca jamás volverían a ver. La Galicia que llora en forma de lluvia cada día, por los siglos de los siglos. 'En Galiza non se pide nada. Emígrase', se decía. Cada amanecer barcos enteros llenos de rostros desencajados zarpaban provocando una infinita tristeza en todos los pueblos, en todos los barrios, en todas las casas. Y a medida que se alejaban, los pañuelos blancos ondeaban al viento con ese característico olor a carbón quemado. Emigración.



"Donde se quejan los pinos y se escuchan alalás". El final de los años 80 y principios de los 90 eran el caldo de cultivo ideal para el fracaso. Excepto en casa de los González Pérez. Fran y Jose Ramón, Jose Ramón y Fran, habían esquivado emigración y droga dando patadas a un balón bajo la Torre de Hércules, hasta debutar en el primer equipo del Deportivo de la Coruña. En el caso del joven Fran, 7.000 personas disfrutaron de su debut una lluviosa tarde de Enero de 1988. “El jovencito es el mejor", se oía en los bares cercanos a Riazor el legendario día el que el Depor regresó a Primera División tras vencer al Real Murcia. Con aquel ascenso llegaron en 1992 las SAD al fútbol español. Y con ellas, las inversiones, las acciones y el caos. Dinero.

"Donde el cielo es siempre gris". Durante una madrugada de Diciembre de 1992 el cielo se volvió negro. El Mar Egeo se estrelló frente a las costas coruñesas, provocando un desastre natural histórico que inundó de crudo las rías de Coruña, Ares, Betanzos y Ferrol, y afectó a más de 300 kilómetros de costa. La Costa da Morte anegada de petróleo. Gaviotas llenas de crudo. Fauna muerta. Esta vez lloraron los pescadores, y lloró Galicia viendo como lo más puro de su tierra era engullido por el petróleo. El barco finalmente encalló frente a la Torre de Hércules en donde Fran había comenzado a jugar con su hermano. Y allí se quedó. El casco oxidado llegó para ser testigo directo del nacimiento de una esperanza llamada Superdepor. Un equipo que de la mano de Arsenio Iglesias comenzó a codearse con los más grandes gracias a Mauro Silva, Djukic o Bebeto. Inmigrantes del fútbol que devolvieron la alegría a una golpeada A Coruña. Alegría.



"Donde la lluvia es arte". Comenzaron a llover goles. Calidad a raudales. Incluso títulos. El cabezazo de Donato o el penalty de Djukic formaban parte ya de la capital herculina. Rivaldo, Djalminha, Martins...Durante varias temporadas A Coruña se convirtió en una alternativa al bipartidismo de Madrid y Barcelona. Cientos de jugadores inmigraron en busca de prosperidad. Las tornas cambiaban. Y temporada tras temporada, el proyecto del Deportivo crecía y avanzaba un paso más, hasta alcanzar la Champions League. Arsenal, Manchester United, Bayern de Munich o Juventus de Turín sufrieron en sus carnes el vertiginoso despegue de aquel Superdepor, comandado fielmente por Fran, 'O Neno', la mejor zurda gallega y objetivo de media Europa. Sin embargo, Lendoiro siempre hizo oídos sordos a la venta del mayor estandarte del deportivismo. Ni una sola negociación hasta horas intempestivas en el Playa Club. Además, él no quería emigrar. Ya había visto a bastantes amigos de la infancia hacerlo antes. Quería triunfar en su tierra. Sabía que tarde o temprano llegaría el gran éxito. Y en 2004, con el casco del Mar Egeo como testigo, toda A Coruña se preparaba para una noche que prometía ser histórica. Tras un 4-1 en Milán y las semifinales de Champions League en el horizonte, toda A Coruña se preparaba para lo más difícil. No había bastado con llevar a un equipo ascensor a Cuartos de Final de Champions League. Todos querían más. Y con el espíritu de Djukic aún presente, el Deportivo saltó a Riazor como aquellas tardes de Agosto en las semifinales del Teresa Herrera. Ilusionado.

"Es duro estar lejos de ti". Enfrente Cafú, Nesta, Maldini, Gattuso, Pirlo, Seedorf, Kaká o Shevchenko. El vigente campeón de Europa. Pronto comenzaba la tormenta para el conjunto milanesa, puesto que a los 5 minutos "Rifle" Pandiani hacía que toda A Coruña apretase los puños en alto en signo de victoria. Sin tan siquiera llegar al descanso, Valerón de cabeza, y Luque de un estupendo disparo ponían el 3-0 en el marcador coruñés, y la eliminatoria cuesta arriba para los italianos. El pitido del árbitro invocando el descanso sonó como los buques de los barcos saliendo de A Coruña hacia Cuba o Argentina. Nesta y Maldini miraban atónitos como los Manuel Pablo, Molina o Valerón abandonaban el césped corriendo hacia vestuarios. Aquel gesto presagiaba lo que iba a pasar en la segunda parte. Lejos de remontar, el Milán continuó descomponiéndose hasta que en el minuto 76, el pequeño de los González Pérez cabalgó por su banda como antes había hecho en el Municipal de Mollerussa, en Las Llanas, en Palamós o en el Villamarín. Voló como una gaviota hacia la portería de Dida, y lanzó un zurdazo imparable que se coló en la red haciendo saltar a toda Riazor y a media América. Golazo. A Fran se le iluminaron los ojos cuando vio los rostros de la gente vibrando en Riazor. Era el 4-0 del Superdepor en la noche mas memorable que se recuerda en A Coruña. El Deportivo se clasificó goleando al campeón y presentando su candidatura al título final gracias a su capacidad de entrega, sacrificio. Lucha.




"Miña terra galega". Han pasado diez años desde entonces. Los recuerdos han pasado a formar parte de aquel Superdepor, y la leyenda aún perdura. No así el casco del Mar Egeo, que fue retirado a la vez que el Deportivo dejaba de codearse en los puestos altos de Primera. Desde su posición de privilegio frente a la Torre de Hércules, impertérrito ante el paso del tiempo, en silencio, expectante, asomaba su oxidada coraza como un fantasma del pasado, que llegó del mar. El mismo mar que tanta gente se llevó. Galicia.


martes, 6 de mayo de 2014

Hugo, Raúl, Leganés.

17 de Junio de 2001. Todo comenzó en el tranquilo barrio porteño de Parque Patricio. El barrio en donde Gardel comenzó a interpretar las más sentidas melodías de tango junto al maestro Barbieri, mientras disfrutaba de las noches de bohemia bonaerenses más allá de los confines de San Cristóbal. Las mañanas eran para los cobardes. Y las tardes eran para El Globo, Huracán, el símbolo rojo y blanco de origen estudiantil que luchaba con San Lorenzo por ser el club más representativo de la zona sur de la ciudad. Por tener la supremacía porteña. Por representar los valores más puros del fútbol local. Atraído por todo ello, Hugo Alberto Morales, un chico oriundo de Corrientes, aunque nacido en el populoso barrio de Boca, daba sus primeros pasos en dicho club en aquellos años post-dictadura.

Los inicios no fueron fáciles. Su buena definición de cara a la portería rival atrajo la mirada de Carlos Babington, entrenador del equipo, quien conmovido por el fallecimiento del padre de Hugo, decidió apoyarlo incluyéndole en el equipo titular un domingo de 1991. En los cuatro años que jugó para Huracán, Hugo demostró una capacidad de lucha, entrega y sacrificio innatas. Era corazón. Era prosa y era verso. Su atrevimiento gambeteador le hizo debutar en las categorías inferiores de la Selección y tras un gran año, “El diez” firmó por el Lanús de Cúper. Días de gloria. Durante sus años en los granates, Hugo alzó la Copa Conmebol del 96, así como la plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Cada año se especulaba con su inminente llegada a Europa, algo con lo que venía soñando Hugo desde que descubrió el fútbol en sus veranos en Corrientes.


Y fue precisamente un verano de 1997, cuando su vida cambió. Unos intensos dolores de espalda le impedían descansar. Poco a poco el dolor pasó al estómago, pero Hugo se mantuvo en silencio, por miedo a que su carrera pudiese verse perjudicada. Finalmente en Octubre de aquel año, durante una concentración de la Selección, es enviado de urgencias al Hospital a las 2 de la mañana con un cuadro de peritonitis aguda. No solo su carrera, sino su vida, corrieron peligro. Nunca lo reconoció durante sus años de futbolista, pero Hugo sufrió un cáncer que le mantuvo alejado de los terrenos de juego durante 7 meses. Fue duro, pero logró superar la enfermedad. La gambeteó.

Su regreso a la cancha no se hizo esperar. En las noches en vela que pasó en el Hospital soñaba con volver a ser protagonista y dar el salto a Europa. Y fue en un partido contra San Lorenzo, máximo rival de su querido Huracán, donde volvió a sentir el balón corriendo por sus venas. A 20 minutos del final, con 1-1, Hugo ingresó de urgencia a la cancha. Recibió un tango en forma de ovación. Poco después, en un balón rebotado a la salida de un córner lanzó un potente disparo para dar la victoria a Lanús sobre la bocina. Era el regreso. Se levantó la camiseta y corrió emocionado por toda la banda izquierda vitoreado por su hinchada. Había logrado vencer al cáncer y a San Lorenzo. Volvió a dormir. Volvió a soñar. Y se proclamó subcampeón del Clausura 1998.


Y cumplió otro de sus sueños, su salto a Europa. De la mano de compatriotas como Ojeda, Basavilbaso o el Colorado Lussenholf llegó a Tenerife, la isla en donde el fútbol argentino selló más fielmente su impronta gracias a una forma de jugar que creó escuela en toda España, y admiración por toda Europa, tras el brillante papel del conjunto tinerfeño en la Copa de la UEFA de 1997. Pero los años dorados ya habían pasado. El equipo chicharrero había descendido a Segunda División tras una convulsa temporada. Eran tiempos difíciles, aunque si alguien tenía experiencia en salir de un pozo, ese era Hugo Morales.

Tras una primera temporada nefasta para todo el equipo, el descenso de históricos de la talla del Sevilla, Betis o Atlético Madrid hacían que el ascenso conllevase una dificultad extrema. Entrenado por Rafa Benítez, el Tenerife se aupó rápidamente a las primeras posiciones de la tabla desde las primeras jornadas y ya nunca se bajó de ellas. Un equipo rocoso, trabajado, y táctco, no exento de calidad, sobre todo en la línea ofensiva. Sin embargo, Hugo no era titular. En el conglomerado táctico de Benítez no había sitio para él, por lo que sus actuaciones se limitaron a revolucionar el partido desde el banquillo. Como el día de su segundo debut contra San Lorenzo.

Pasaban las jornadas, y la lucha en la cabeza era encarnizada. Con el Sevilla ligeramente por encima de los demás, Albacete, Tenerife, Betis, Recreativo y Atlético de Madrid libraban cada domingo batallas a vida o muerte en los terrenos de juego. Incluso fuera de ellos, como el célebre Caso Barata, mediante el que se pretendió derribar psicológicamente a los tinerfeños. No lo consiguieron. La Liga estaba al rojo vivo, y en la última jornada, el grupo de candidatos se había reducido a Betis, Tenerife y Atlético, ya con el Sevilla en Primera División. Dos puestos para tres equipos. En Jaén, Getafe y Leganés se decidiría la temporada.

Aquel Atlético de Madrid presidido por Jesús Gil se había tomado aquel año como una excursión temporal (“Un añito en el infierno”). Pero las cosas se complicaron desde el inicio. La necesidad imperante de ascenso hizo que su último partido fuese digno de un guión de Almodóvar. La jornada final se disputaba a caballo entre dos localidades vecinas. Getafe era un hervidero rojiblanco, un pequeño Vicente Calderón a orillas de la M-45. A escasos 10 kilómetros, Leganés. Los pepineros debían conseguir al menos un empate frente al Tenerife para que el Atlético volviese a Primera. Miles de seguidores tinerfeños. Miles de seguidores atléticos. Apenas unos cientos del Leganés. El rival era el Tenerife, y así se hizo entender desde la afición colchonera.


El día amaneció soleado y caluroso, y el peregrinaje a Leganés y Getafe hizo de sus estadios una pequeña pradera de San Isidro. Mientras tanto, la marea de seguidores tinerfeños aterrizaba en Barajas, con la camiseta blanquiazul como único equipaje, y la ilusión del ascenso facturada en sus corazones. El ímpetu irrefrenable por atravesar el Atlántico para dejarte la garganta por tu equipo. Unos colores que no saben de distancias o dinero. Todo para aquel once de Benítez llevase de nuevo al Tenerife a una élite de la que nunca debió salir.

Y así llegamos al minuto 64 en Leganés, donde los nervios estaban a flor de piel. Benítez decide dar entrada a Hugo Morales en el campo, como en otras 19 ocasiones anteriores a lo largo del año. Como el día del Lanús - San Lorenzo. Son minutos de cancheros. Betis y Atlético de Madrid ganan sus respectivos partidos, por lo que el Tenerife necesita la victoria para ascender. Y es entonces cuando el árbitro señala un libre indirecto a favor del equipo chicharrero a unos 35 metros del arco defendido por Raúl Arribas. Curro Torres y Hugo Morales se preparan. Corre el minuto 72 de partido. Hugo recuerda el debut en la Primera Argentina tras el triste fallecimiento de su padre. Hugo recuerda su salida al hospital en Octubre de 1997. Hugo recuerda aquellos 7 meses de sufrimiento. Hugo golpea al balón. Gol. Su violento disparo a media altura se cuela como una exhalación ante la atónita mirada de Raúl Arribas. Gritos, abrazos, carreras. Golazo de Huguito.


La pequeña Santa Cruz instalada en uno de los fondos de Butarque se viene abajo. Hugo Morales sale corriendo mientras parece arrancarse la camiseta preso de orgullo y rabia, aclamado por toda su afición. Exactamente como el día de Lanús grito el gol desde el alma. Había vencido la batalla a un cáncer, por lo que el ambiente hostil provocado por el Atlético de Madrid no podría con él. Su gol provocó en la Isla un estallido que ni siquiera el Teide podría lograr, con la Plaza de España como epicentro del terremoto de pasión blanquiazul, inundada por varias generaciones de hinchas tinerfeños que aclamaban a su héroe. El Tenerife volvía a la Primera División. Y es que el histórico regreso del club chicharrero comenzó a gestarse en un hospital de Buenos Aires, en interminables sesiones de quimioterapia. “El diez” no estaba de vuelta, porque nunca se había ido. Porque nunca dejó de luchar.


martes, 29 de abril de 2014

Jaime, Busquets, Barcelona.

20 de Noviembre de 1993. Los minutos pasaban lentamente, como gotas de agua cayendo de un grifo mal cerrado. Miras por la ventana y compruebas que hace sol, un sol de justicia. Una emoción recorría tu cuerpo de pies a cabeza mientras vislumbrabas como uno de tus compañeros de clase daba pequeños golpes a una bolsa de Pryca con un balón dentro. Sonaba el timbre y te apresurabas a guardar los libros bajo la mesa con la mayor rapidez posible. No había ni un solo segundo que perder. Con una prisa inusitada bajabas las escaleras adelantando en estampida a las chicas de la clase, excitado por el ruido del balón botando a lo lejos. La bolsa de Pryca volaba, y antes de que su vuelo a lo American Beauty la hiciese besar el suelo, ya están preparados los equipos. Daba comienzo el partido de tu vida. No importa la clase posterior, ni importa la camiseta que lleves puesta, ni tan siquiera lo caros que sean tus zapatos. Por delante tenías 20 minutos de adrenalina, carreras, gritos y alegría. Puro fútbol. La "ley de la botella" y la "ley del vaso" como reglas esenciales del juego, y el grito "¡Eh, falta!" como único juez imparcial. Corría y corría como un pollo sin cabeza hasta que en las postrimerías del encuentro lancé un disparo preciso y precioso por encima del portero que entraba lamiendo el poste derecho. Es tu momento. Alzas los brazos al cielo e imaginas hacer un gol así en Primera División.

Son años de bocadillo de nocilla, cola-cao al desayunar y patadas, muchas patadas a aquel legendario Adidas Etrusco. No existe mas fútbol para ti que ese, y el que cada sábado ves a través de la pequeña televisión de la cocina mientras cenas. Son ídolos lejanos a los que conoces gracias a los cromos que intercambias con tus amigos tras finalizar las pachangas vespertinas. Ídolos ocultos, ídolos desaparecidos. Y es que por mucho "taco" de cromos que tengas, Romario no acababa de salir nunca. Romario, el maldito Romario. Regalarías bolsas de Grefusito, Churruca y Bollycao por Romario. Cambiarías tus 7 cromos de Lizarralde, 6 de Walter Lozano y 5 de Ezequiel Castillo sin dudarlo. Pero no hay manera.

Aquel sábado 20 de Noviembre fue un día muy completo. Partido con el equipo de fútbol del colegio por la mañana. Tras la comida, otro partido, en este caso con los vecinos. Posteriormente sesión de "sile" y "nole" hasta que tu madre te llamase para dar buena cuenta de la cena. Y finalmente, bocadillo de atún viendo el partido de La 2. Era un interesante Barcelona - Lleida, en el que la diferencia de calidad entre ambos equipos hacia presagiar una goleada histórica para el Dream Team. Además, jugaba Romario. El maldito Romario que tanto costaba encontrar en los cromos. Enfrente, los Virgilio, Pedro Luis, Milinkovic, Ravnic o Herrera. Tras muchas décadas, el equipo ilerdense regresaba a Primera División con intención de obtener, dado lo reducido de su presupuesto, una salvación milagrosa. Un modesto recién ascendido que ocupaba la última posición de la tabla. Clarísima goleada.


Pasaban los minutos de partido y no llegaba el gol. Devoré mi bocadillo de atún mientras el Barcelona buscaba sin éxito la puerta de Ravnic. Así hasta el minuto 44, cuando Nuñez Manrique señalaba el punto de penalty tras una caída de Stoichkov. La resistencia ilerdense estaba a punto de llegar a su fin. Romario, el maldito Romario se preparaba para lanzar el penalty bajo la atenta mirada del lanzador habitual, Koeman, que ese día se encontraba en el banquillo por decisión técnica. Y saltó la sorpresa, ya que Romario erraba el lanzamiento. Ravnic lo celebró fríamente, sabedor de que restaban aún 45 minutos de sufrimiento. Era asombroso pensar que el colista había aguantado 45 minutos a aquella pléyade de estrellas.

El panorama en la segunda parte continuó siendo el mismo. El equipo ilerdense se replegaba con éxito, dejando pasar los minutos, y esperando que el Barça no tuviese su día. A esas alturas, solo me faltaba la camiseta azul con la publicidad de "Ara Lleida" para convertirme en un seguidor más del equipo de la comarca del Segre. Once jugadores modestos estaba siendo capaces de poner en jaque al Barcelona de Cruyff. Al Dream Team. Al mejor equipo del momento, con permiso del Milan y el Sao Paulo de Tele Santana. En mi pequeño mundo, aquello me parecía un hecho realmente extraordinario, casi sublime. Algo histórico. Por eso, cuando en el minuto 87 el lateral derecho Jaime Quesada se escapó por su banda aprovechando el pasotismo defensivo del equipo de Cruyff, y disparó con su zurda aquel Adidas Etrusco por encima de Busquets para poner el 0-1 en el marcador del Camp Nou, lo celebré incrédulo con las manos en la cabeza y mis ojos abiertos de par en par. El colista anotaba. Jaime corrió la banda eufórico, casi sin creerse lo que acababa de hacer, y levantó los brazos al cielo para celebrarlo. Era su momento. Silencio en el Camp Nou a pocos minutos de bajar el telón. Pero tras los últimos intentos culés, el partido finalizaba con 0-1 en el marcador. Jaime Quesada, el héroe, recibió un sinfín de felicitaciones por su jugada. Especialmente la de su compañero Ravnic, que obtuvo 14 aciertos en la quiniela gracias a la confianza en su equipo, al poner un 2 en su partido. 



La mañana del domingo me desperté con una nueva remesa de cromos en mi habitación cortesía de mis padres. Tras un "puerta a puerta" con mis amigos mientras halábamos del histórico triunfo ilerdense de la noche anterior, comenzó el intercambio de cromos. Carlos estaba especialmente orgulloso, ya que había logrado algo histórico: Conseguir el cromo de Romario. Levantando sus brazos al cielo, nos mostró la anhelada imagen del astro brasileño. Rápidamente comenzaron las negociaciones, pero en ningún momento entré en ellas. Tras rechazar todo tipo de ofertas, Carlos me ofreció cambiar todo mi "taco" de cromos por el de Romario. El maldito Romario. "De acuerdo, todos excepto este", le contesté. Era el cromo de Jaime Quesada. El maldito Jaime Quesada.


martes, 22 de abril de 2014

Kostadinov, Lama, París.

17 de Noviembre de 1993. “Lo siento, pero estoy empezando a sentir algo por otro”. Una simple frase derrumba todo tu mundo en milésimas de segundo. “It’s the end of the world as we know it”, como decía aquella canción de REM. Un disparo directo a tu corazón. Razones que dejan de tener sentido, y recuerdos que pasan en un santiamén a formar parte de tu pasado. Un silencio sepulcral inunda todo lo que rodea ese momento, insípido, doloroso. “Tenemos que dejarlo. Lo siento”. Nadie está lo suficientemente preparado como para encajar ese golpe. Te vienes abajo. Las noches de insufrible lamento se suceden tras interminables días no vividos. Te hundes en lo más profundo de tu ser sin ver más allá de tus temblorosas manos. El fin parece cerca. Es una pesadilla.

Aquella calurosa noche de Noviembre en París fue el inicio de otra pesadilla. Un instante para la historia, que supuso marcar un punto de inflexión para dos selecciones nacionales: Francia y Bulgaria. Ambos combinados iban a dirimir en el Parque de los Príncipes de la ciudad de la luz, un billete para el Mundial de Estados Unidos de 1994. El combinado francés, dirigido por Gerard Houllier, había sufrido semanas atrás una dolorosa e inesperada derrota en casa frente a Israel en el último minuto. Un accidente fruto de la confianza de haber ganado 0-4 en la ida disputada en Jerusalén. Un pequeño tropiezo para los Cantona, Papin, Ginola o Deschamps. Por contra, el equipo búlgaro llegaba en tercer puesto a este último partido tras la propia Francia y Suecia. El telón de acero había caído, y varios de sus futbolistas, con Hristo Stoichkov a la cabeza, comenzaban a triunfar lejos de sus fronteras.

Niños con la camiseta de Papin, reciente balón de oro. Jóvenes con el cuello alto en homenaje a Eric Cantona, l’enfant terrible. “La Marseillaise” retumbaba en el viejo cemento del Parque de los Príncipes. La brisa parisina aderezaba el inicio de la feliz velada. Tras el pitido del árbitro, Francia se hizo rápidamente con el control del partido, aprovechando los nervios iniciales de los búlgaros. El favoritismo francés era claro dado el talento de sus futbolistas, y así quedaba demostrado en el minuto 32, cuando Eric Cantona anotaba el primer tanto de los franceses. 1-0. Banderas de Le Republique ondean al viento. Pero tras el gol, aparece un invitado sorpresa: El miedo. El temor. Los búlgaros se crecen, y a Francia parecen temblarle las piernas. Es incomprensible. A la salida de un córner, Kostadinov empata el choque. Un cabezazo directo a los corazones franceses. El silencio infinito, los decibelios del miedo.


Se llega al descanso con la confianza de que el empate también da la clasificación a Francia. Tranquilidad era lo único que debió salir del vestuario francés para la segunda parte. Pero no fue así. El equipo siguió atenazado. Un hecho insignificante, la lesión de Papin, originaba la entrada de uno de los protagonistas posteriores del encuentro: David Ginola. No lo sabía, pero estaba a punto de disputar sus últimos minutos como internacional.

Faltaban 18 segundos para el 90. 18 míseros segundos. El marcador era 1-1 y el balón estaba en posesión francesa cerca del banderín de córner. Tan solo había que dejar pasar los segundos, pero esa no parecía ser la idea de Ginola. El extremo parisino saca un centro largo que acaba en posesión de la defensa búlgara en la otra banda. Rápidamente, Bulgaria inicia un contragolpe por medio de Lubo Penev. Ginola, desde la banda derecha, presencia la jugada que marcará toda su carrera futbolística. Penev lanza un pase preciso a Emil Kostadinov, quien se adentra como una bala en el área, y con una certera semivolea supera a Bernard Lama. Gol de Bulgaria a un segundo del 90. 1-2. Francia está fuera. Bulgaria entera corre, grita, salta como si no hubiese mañana. Un minuto después, el árbitro señala el final del partido, y las cámaras buscan a Ginola. Su rostro refleja la desolación vivida. Las camisetas blancas y verdes corren por el campo celebrando un hecho histórico. Bulgaria acaba de dejar fuera a Francia del Mundial de 1994. Es la pesadilla francesa. La noche tanto en París como en toda Francia fue larga, muy larga. Tristeza infinita. El fin de una era. En unas duras declaraciones al finalizar el partido, Houllier señaló a Ginola como "El asesino de la selección francesa".



“¿Y ahora, qué?” es la primera pregunta que sale de tu boca tras derramar las últimas lágrimas de melancolía. A esas alturas, tu ex disfruta de su nueva vida mientras curas las últimas heridas de la batalla a base de sollozos. La bajada a los infiernos te hace enterrar sentimientos, tirar fotos, cartas…todo lo que te recuerde a ella. Tras el partido, Gerard Houllier fue destituido. Eric Cantona no volvería a vestir la camiseta gala. Ni Papin. Ni el señalado David Ginola. La nueva revolución francesa. El “¿Y ahora, qué?” dio sus frutos 5 años después, cuando la selección comandada por Zinedine Zidane se proclamaba brillantemente campeona del mundo en su casa, así como campeona de Europa posteriormente. Aimé Jacquet aupó a aquella generación a la gloria partiendo del día mas triste del fútbol francés. Se tuvo que tocar suelo para poder llegar al cielo.

Por contra, Bulgaria viajó hasta Estados Unidos con la mejor selección de su historia. Una brillante generación que ha perdurado con el paso de los años, integrada por los Balakov, Letchkov, Mikhailov, Ivanov, Penev, Stoichkov, Kostadinov, etc. Uno de los equipos más anárquicos de la historia de los mundiales (todos recordamos sus concentraciones entre alcohol y humo de tabaco). Una de las revelaciones mas sorprendentes. El cuarto puesto logrado en Estados Unidos fue el broche perfecto para aquellos hijos del comunismo. Años después, seguiremos recordando aquellos nombres, y aquella legendaria selección búlgara del 94. Dos caminos se bifurcaron en busca de la felicidad, gracias al punto de inflexión de Kostadinov. Y ya nada volvió a ser igual.